Un día fui al Museo del Prado en Madrid. Allí vi las obras originales de Goya, en particular esta serie de litografías llamadas “Los desastres de la guerra“. Las imágenes eran muy crudas, representaban la brutalidad e inhumanidad de la guerra y reflejaban lo que yo pensaba sobre la guerra de Vietnam. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de que quería ser fotógrafo.

Creo que Francisco de Goya es el gran pionero de los fotógrafos de guerra, el primer artista en mostrar la barbarie y lo la gloria de estos conflictos.

 

 

 

En 1970, James Nachtwey (Siracusa, Nueva York, 1948) era un joven recién licenciado en Historia del Arte y Ciencias Políticas por la Universidad de Darmouth. Acababa de pasar un tiempo en un barco de la Marina estadounidense, donde empezó a hacer algunas fotos. Después viajo a Europa, momento en el que se produjo su decisivo “encuentro” con Goya.

Perfecciona su conocimiento y su destreza fotográfica de manera autodidacta y en 1976 comienza a trabajar como fotorreportero en Nuevo México. En 1980 consigue dar el salto a Nueva York y meses después consigue su primer encargo importante.

 

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James Nachtwey

 

Me estaba haciendo un hueco como fotógrafo, pero siempre con la intención de ser fotógrafo de guerra. Antes de entrar en un conflicto, quería sentir que estaba cualificado para ello porque sabía que era una gran responsabilidad. Entonces, en 1981, me enviaron a Belfast a cubrir la huelga de hambre de los presos del IRA.

En aquel momento, Bobby Sands había iniciado una huelga de hambre para que todos los presos de la banda fueran reconocidos y tratados como presos políticos, y no como presos comunes. Otros presos se unieron a Sands en la huelga mientras fuera, en Belfast, se sucedían los incidentes y las protestas de carácter violento.

 

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Foto: James Nachtwey

 

Me di cuenta de que ese era el momento en el que realmente tenía que empezar mi carrera como fotógrafo de conflictos. Me subí a un avión y me fui allí. Fue muy turbulento. Tenía la sensación de que estar presenciando el desarrollo de la historia delante de mis ojos. Fotografiaba lo que estaba pasando y sentí que eso era lo que debía hacer. Fui allí sin una tarea, pero le envié fotos a Black Star, la agencia neoyorquina para la que trabajaba, y ellos se las mostraron a los responsables del semanario Newsweek. Les gustaron mucho y me asignaron cubrir el conflicto para ellos. Nunca miré hacia atrás. Simplemente seguí adelante.

 

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Foto: James Nachtwey

 

Fue el primer paso de un fotógrafo que siempre ha tenido muy claro cuál era su cometido (mostrar las atrocidades de la guerra), su objetivo (remover conciencias y contribuir a que las situaciones que presencia no vuelvan a suceder) y cómo hacerlo (desde el máximo respeto hacia los protagonistas de sus fotos, las víctimas, a su dignidad y a derecho a ser escuchados). Y eso es lo que ha hecho a lo largo de casi cinco décadas sin variar ni un ápice aquel primer impulso que surgió al observar los grabados de Goya.

 

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Foto: James Nachtwey

 

Por primera vez, tuve la sensación de estar captando la historia tal y como estaba sucediendo. No sabíamos lo que iba a pasar de un momento a otro. Comprendí que estaba fotografiando momentos históricos, pero yo quería verlos como momentos humanos dentro de la historia porque son los seres humanos los que hacen la historia.

Escuchamos estadísticas y abstracciones políticas e ideológicas sobre cada evento histórico. Yo quería verlo como una experiencia humana, y me di cuenta de que para eso tienes que centrarte en lo que les pasa a las personas una por una. Las cosas pueden suceder miles de veces y eso es una estadística, pero lo que le sucede a una persona en un momento concreto es un momento humano, y eso es lo que yo quería mostrar. Quería hacer llegar a la gente los sentimientos de las personas que vivían esas situaciones para que pudieran relacionarse con ellos de una manera más humana.

 

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Foto: James Nachtwey

 

He sido testigo, y estas fotos son mi testimonio. Los hechos que he fotografiado no deberían olvidarse, y no pueden repetirse.

Esta es la contundente frase con la que James Nachtwey recibe a todo el que entra en su página web. Este fotógrafo estadounidense es el fotorreportero de guerra más importante de las últimas décadas, un profesional comprometido como pocos en mostrar la barbarie y las injusticias de la guerra. Su magnífico trabajo ha sido reconocido y premiado en numerosas ocasiones.

Nachtwey es hombre tímido de pocas (pero certeras) palabras. No se prodiga mucho en entrevistas y acostumbra a leer (con tono reposado pero contundente, eso sí) sus conferencias. Su presencia, su experiencia y la dignidad que emana de su persona hacen que se le “perdone” el hecho de esconder su timidez y su punto de inseguridad tras la lectura. Nachtwey habla a través de sus imágenes, es a ellas a las que confía su directo, crudo y descarnado testimonio. No necesita de nada más.

 

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Bosnia, 1993. Foto: James Nachtwey.

 

Lo que sigue son algunas de las ideas que me llevaron a convertirme en fotógrafo documental.

Era estudiante en los años 60, una época de cuestionamiento y agitación social. La Guerra de Vietnam estaba en su apogeo, el Movimientos por los Derechos Civiles crecía y las fotografías tuvieron una gran influencia en mí.

Nuestros líderes políticos y militares nos decían una cosa, y los fotógrafos nos decían otra. Yo creí a los fotógrafos, al igual que millones de estadounidenses. Sus imágenes alimentaron la resistencia a la guerra y al racismo. No solo registraron la historia, sino que ayudaron a cambiar su curso. Sus fotografías se integraron en nuestra memoria colectiva y, al convertirse en un sentimiento compartido de conciencia, el cambio no solo se hizo posible, sino inevitable.

 

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‘La niña del Napalm’, Vietnam. Fotografía: Nick Ut.

 

Les da un rostro humano a problemas que de lejos pueden parecer abstractos o ideológicos o inmensos en su impacto global. Lo que sucede allí abajo, lejos de los pasillos del poder, les sucede a ciudadanos normales, uno por uno.

Y comprendí que la fotografía documental tiene la habilidad de interpretar los hechos desde su punto de vista. Les da voz a aquellos que de otra manera no la tendrían. Y, como consecuencia, estimula a la opinión pública y le da ímpetu al debate público, evitando así que las partes interesadas controlen la agenda por completo, por mucho que lo deseen.

 

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Foto: James Nachtwey

 

La fotografía, para mí, es algo instintivo, improvisado y reflexivo. Creo en los elementos esenciales de la fotografía; es decir, no estoy interesado en hacer un alegato sobre la fotografía, lo que me interesa es usar la fotografía para hacer un alegato sobre la gente.

Lo peor es sentir que como fotógrafo me estoy beneficiando de la tragedia de otra persona. Esta idea me persigue. Es algo que tengo que tener en cuenta todos los días, porque sé que, si alguna vez permito que la verdadera compasión sea superada por la ambición personal, habré vendido mi alma.

 

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James Nachtwey

 

 

Son muchas las situaciones en las que me he encontrado a gente que estaba herida, pero que ya tenía asistencia médica o de otros compañeros, ahí poco más puedo aportar como fotógrafo. No somos médicos ni somos trabajadores sociales. Tenemos un objetivo, que es estar allí y fotografiar un conflicto. Ese propósito tiene valor y por eso es muy importante que hagamos nuestro trabajo; pero sí que es verdad que hay momentos, de vez en cuando, en los que el fotógrafo puede ser la única persona capaz de ayudar y es ahí donde sueltas la cámara y ayudas al herido porque, al final, lo primero, es que eres un ser humano. Conozco a muchos compañeros que son así y que lo han hecho.

La única forma en que puedo justificar mi papel es tener respeto por la difícil situación que vive la persona que tengo frente a mí. Lo hago en la medida en que soy aceptado por el otro y esa es la medida en la que puedo aceptarme a mí mismo.

 

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Bosnia, 1993. Foto: James Nachtwey

 

En una guerra se suspenden los códigos normales de comportamiento civilizado. Sería impensable que, en lo que llamamos vida normal, yo fuera a una casa donde una familia llora la muerte de un ser querido y me pasara horas haciéndoles fotos. Simplemente, eso no se haría.

Las imágenes que tomo no se podrían haber hecho a menos que las personas a las que fotografío me aceptaran. Es simplemente imposible fotografiar momentos como esos sin la complicidad de las personas a las que hago fotos… sin el hecho de que me recibieron, de que me aceptaron, de que querían que yo estuviera allí. Entienden que soy un extraño que ha venido con una cámara para mostrarle al resto del mundo lo que les está sucediendo y que les da una voz en el mundo exterior que de otra manera no tendrían.

 

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Sudán, 2003. Foto: James Nachtwey

 

Hago todo lo posible para acercarme a las personas con respeto. Quiero que vean que tengo respeto por ellos y por la situación en la que se encuentran. Quiero ser muy abierto en mi enfoque… voy con el corazón al descubierto. Quiero que sean conscientes de eso. La gente lo siente, con muy pocas palabras… a veces sin palabras.

 

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Irak, 2003. Foto: James Nachtwey

 

Muchas veces me preguntan por qué mis fotos son el blanco y negro. No sé si sería capaz de decir que la guerra se capta mejor en blanco y negro; pero es verdad que el color es un fenómeno impresionante, algo muy potente, tanto que cualquier situación que se vea en la imagen parece tener que competir con el color. Quizá sea fruto del subconsciente, pero es como si el color intentara cobrar protagonismo para convertirse en el tema central de la foto.

El blanco y negro te deja ver más el significado de lo que está sucediendo, lo ves con mayor inmediatez. También tengo que decir que hay muchas fotos de guerra maravillosas que se han hecho en color en todos estos años y que se siguen haciendo. Pero es cierto que el color es un fenómeno difícil de controlar.

 

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Foto: James Nachtwey

 

Si hay veces en que la belleza existe o coexiste con la tragedia, es porque es parte de la vida, no porque sea algo que yo o cualquier otro fotógrafo estemos imponiendo. No hago fotos para mostrar belleza. Puede ser un elemento más de lo que está pasando, pero no sé exactamente por qué es así. Podría tratarse de un mecanismo de la naturaleza humana que nos permite contemplar la tragedia sin alejarnos, tal vez ese sea el propósito de que a veces la belleza coexista con la tragedia. Pero si alguien mira cualquiera de mis fotos y todo lo que ve es algo hermoso, entonces la imagen falla.

 

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Afganistán, 1996. Foto: James Nachtwey

 

Nachtwey no solo hace fotografías de conflictos, también se ha embarcado en proyectos personales, eso sí, siempre dentro del género documental.

Durante 10 años, me dediqué casi exclusivamente a la fotografía de guerra. Iba de conflicto en conflicto por todo el mundo. Después de la caída del Muro de Berlín y la ruptura del bloque de Europa del Este, sentí curiosidad por Rumanía porque era el menos accesible de todos los países de Europa del Este. De repente, se podía entrar. Fui allí sin que nadie me encargara un trabajo. Oí que había orfanatos por todo el país, pero nadie sabía decirme dónde. Encontré un intérprete, alquilé un automóvil, recorrí el país en su busca y descubrí un gulag de niños.

 

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Rumanía, 1990. Foto: James Nachtwey

 

Aquella violencia era diferente a la que había presenciado en las guerras. Era una crueldad institucionalizada y sancionada por el Estado dirigida a seres humanos completamente inocentes, y eso me conmovió. Pasé varias semanas documentando este crimen de lesa humanidad. Creo que aquello amplió mi visión como fotógrafo: pude ver el valor que tiene fotografiar problemas sociales críticos y las injusticias que pedían a gritos ser corregidas, pero que, antes de nada, tenían que ser mostradas al mundo.

Pero Nachtwey no ha trabajado solo fuera de las fronteras de su país, Estados Unidos, también ha sido testigo de los dramas de sus compatriotas. Fue, por ejemplo, uno de los fotógrafos que estaba en Nueva York durante los ataques del 11-S y que documentó lo que sucedió en aquellos días. En 2018 ha publicado en la revista Time el que es uno de sus trabajos más importantes de los últimos años, ‘The Opioid Diaries‘ (Los diarios del opio), una denuncia del alarmante aumento de las muertes por sobredosis de drogas entre la población norteamericana.

 

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‘The Opioid Diaries’, 2018. Foto: James Nachtwey.

 

De entre todas mis fotos, la del joven hutu con la cabeza llena de cicatrices es especial para mí. Acababa de ser liberado de un campo de concentración hutu donde las personas eran torturadas y asesinadas, y les atendían en centros médicos muy rudimentarios. Yo estaba allí haciendo fotos cuando él entró. El chico no podía hablar y yo no hablaba su idioma, pero hice contacto visual con él y, a través del lenguaje corporal, le pregunté si podía fotografiarlo. Estuvo de acuerdo y en un momento incluso volvió su rostro hacia la luz. Fue entonces cuando hice esa foto. Creo que entendió lo que sus cicatrices dirían al resto del mundo. Creo que él, en ese momento, me eligió para ser su mensajero.

 

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Foto: James Nachtwey

 

El propio James Nachtwey ha resultado herido en varias ocasiones. La más grave fue en Irak, en 2003, cuando viajaba en un Humvee (un vehículo militar 4×4) junto al corresponsal de la revista Time Michael Weisskopf y varios soldados estadounidenses. Unos insurgentes los atacaron con granadas y uno de los proyectiles se coló dentro del vehículo. Weiskopf lo cogió y lo lanzó al exterior, pero la granada explotó justo en ese momento hiriendo a Nachtwey, Weiskopf y a los soldados. Nachtwey llegó a tomar varias fotos de los médicos atendiendo al periodista de Time antes de perder el conocimiento.

 

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Foto: James Nachtwey

 

Este suceso y otros parecidos no han socavado la voluntad de James Nachtwey en su compromiso de seguir trabajando en primera línea y seguir siendo, como él se define, “un fotógrafo anti-guerra”.

Y es que, para este neoyorquino, las discusiones que ponen en tela de juicio la labor de los reporteros de guerra, su pertinencia, valía o necesidad, están fuera de lugar. Nachtwey entiende la fotografía de guerra desde un compromiso con las víctimas y una lucha contra la barbarie, la injusticia y el olvido. Él, como tantos otros profesionales, suscribirían con gusto aquellas famosas palabras de Robert Capa en las que decía que la mayor aspiración de todo reportero de guerra era quedarse sin trabajo, sin guerras o conflictos que fotografiar.

 

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Afganistán, 1996. Foto: James Nachtwey

 

Mientras eso sucede, Nachtwey y otros muchos seguirán combatiendo balas, granadas e injusticias cámara en mano, siempre con el objetivo de desenmascarar la guerra, despojándola de épicas y patriotismos interesados.

Siempre me ha guiado la idea de que una foto que revelara el verdadero rostro de la guerra sería, por definición, una fotografía contra la guerra.

 

ENLACES DE INTERÉS:

-Documental ‘War Photographer’ (2001), centrado en el trabajo de Nachtwey (en inglés, aunque en Youtube hay algunas partes subtituladas): https://archive.org/details/wphoto

-James Nachtwey, en las charlas TED (con subtítulos en español): https://www.ted.com/talks/james_nachtwey_s_searing_pictures_of_war#t-148441

 

FUENTES:

https://www.thedartmouth.com/

www.elgrifoinformacion.com

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