Simona Guizzoni nació en Reggio Emilia, Italia, y primero estudió música y arte, influencia que sigue presente en su trabajo para luego optar una maestría en Historia de la Fotografía. Simona utiliza la fotografía, la escritura y el vídeo para capturar imágenes y palabras de personas y lugares de todo el mundo, moviéndose en un terreno híbrido entre el género documental y la investigación personal. Muchas de sus fotografías tienen un marcado corte social, pero lo que hace tan característico el estilo de Guizzoni es que sus composiciones tienen, muchas veces, una narrativa dramática, e incluso, como en ‘Aftermath’, con toques inequívocamente fantásticos.

Es, además, una de las pocas autoras que trabajan y combinan con verdadero acierto el color y el blanco y negro.

Desde 2005, esta fotógrafa italiana trabaja en proyectos documentales a largo plazo sobre la condición de la mujer, mientras que en paralelo desarrolla un proyecto de investigación de corte introspectivo y muy personal llamado ‘Rayuela’. En él explora su propia feminidad a modo de diario visual.  

Otros trabajos significativos en la obra de Guizzoni son “Odd Days” (Días extraños), sobre los trastornos alimentarios y el largo y difícil camino de las enfermas, en su mayoría mujeres, hacia la recuperación; “Afterdark”, que analiza las consecuencias psicológicas de la guerra sobre las mujeres en Jordania, los territorios palestinos y el Sahara Occidental; “Isola”, sobre el confinamiento provocado por la pandemia del coronavirus y ‘Uncut’, una serie fotográfica y un documental que investigan en profundidad el tema de las mutilaciones genitales femeninas. Para ello se centra en el movimiento de mujeres surgido en tres países africanos –Somalilandia, Kenia y Etiopía—con el objetivo de para erradicar esta práctica y cómo en algunos casos han tenido que pagar un alto precio por alzar la voz de la denuncia en sociedades profundamente patriarcales.

Mi trabajo nace de la fotografía entendida como experiencia vital. La cámara me permite explorar las relaciones entre la humanidad y la naturaleza, entre lo individual y lo cultural, entre lo real y lo psicológico.

Me obsesiona ese vértigo que nos produce darnos cuenta de que el orden establecido se está agrietando, ver cada una leve laceración en la textura de nuestro mundo visible. Es un mundo envejecido, con grietas y fisuras, con polvo. Hay partes finas como láminas de vidrio, demasiado inestables e inquietantes para caminar sobre ellas. Y luego está la propia ambigüedad de los objetos: vida y muerte, sueño y realidad, rostro y máscara difusa. Lo móvil parece, a su vez, inmóvil; y lo que aún es y permanece parece atrapado en una existencia perturbadora.

Ghizzoni es de esas fotógrafas que llegó a la fotografía por necesidad, para superar una enfermedad a la que tuvo que enfrentarse siendo apenas una adolescente.

ODD DAYS

Caí enferma a los 14-15 años, no lo recuerdo con precisión, hay muchos momentos de aquella época de los que solo tengo un recuerdo muy vago.  Era una adolescente, como muchas personas a esa edad, no me gustaba mi aspecto. Pero no era solo un desagrado de tipo físico, era algo diferente; era como si, de repente, no fuera capaz de reconocerme en mi propia imagen.

Para mí la adolescencia es el momento en el que empezamos a vernos a nosotros mismos como una primera versión del ser humano definitivo, el que seremos en el futuro. Y lo que yo veía no se correspondía a la idea que tenía de mí misma.

Creo que esa especie de desajuste entre lo que yo veía y lo que yo creía que era, o debía ser, esa contradicción entre yo y mi imagen, jugó un papel fundamental en mi interés por la fotografía y por las artes visuales en general.

La fotografía llegó a mi vida unos años después, en Reggio Emilia, la ciudad donde nací. La primera persona a la que empecé a hacer fotos fue a mí misma. Y nunca he dejado de hacerlo. Me puse a estudiar fotografía y sientí por fin preparada para hacer mi primer proyecto fotográfico.  Decido entonces hacerlo sobre algo que conozco muy bien: los desórdenes alimentarios.

Cuando era adolescente, lo que quería era perder peso. Pero hay que tener en cuenta que “perder peso” es una metáfora. Lo que realmente quería era convertirme en la persona que creía que tenía que ser. Y quería que eso sucediera inmediatamente. El tiempo que debía pasar entre mi yo, tan imperfecto, y mi yo perfecto del futuro tenía que pasar lo más rápido posible. Era un tiempo inútil, angustioso, vacío, al contrario que el tiempo de la fotografía que, para mí, llena el tiempo.

Cuando tienes una cámara colgada al cuello, todo momento es un momento potencialmente significativo, importante e irrepetible. Fortalecida por ese instrumento que es la cámara de fotos, y también mentalmente, partí hacia Todi, en Perugia. Era el año 2006. En la residencia Palazzo Francisci, uno de los principales centros que hay en Italia para el tratamiento de los desórdenes alimentarios, los médicos habían organizado una gran reunión con todo el personal y los pacientes. Recuerdo aquellos 20 pares de ojos mirándome aterrorizados porque yo era una extraña, una extraña que además tenía una cámara de fotos.

Por otro lado, yo estaba tan aterrorizada como ellos. Después de presentarnos y de hablar un rato, no me atrevía hacer una sola foto durante una semana o 10 días. Aproveché para pasar tiempo con ellos, ver la tele, jugar a cartas, aprender a hacer horribles bufandas de punto… Hasta que un día una chica me dijo: “¿Cuándo vas a empezar a hacer fotos?” Y entonces sí, empecé con el proyecto que se llamó “Odd Days” por el título de una canción del compositor Ludovico Einaudi, que yo solía escuchar de manera obsesiva.

En aquella época no sabía que este proyecto duraría más de tres días ni que la fotografía se convertiría en mi profesión. Tampoco, que este trabajo iba a ser más que un trabajo, convirtiéndose en una forma de entenderme a mí misma. A veces me refiero a él como una terapia. A lo largo de mi trayectoria profesional, he tenido la suerte de encontrar a gente que han marcado un antes y un después en mi camino. Una de esas personas fue Simona Giordano. La conocí en 2008, en el Palazzo Francisci, donde estaba ingresada. Era un verano muy caluroso y el centro estaba lleno de pacientes. Simona me llamó la atención por su aspecto: era alta, guapa, con el pelo negro, los ojos muy grandes y delgada, muy delgada. La recuerdo muy encerrada en sí misma, tanto, que al resto de pacientes les resultaba muy difícil acercarse a ella.

Había algo en ese halo suyo de extremo sufrimiento que atraía y al mismo tiempo causaba rechazo en la gente. Pasaron varios días hasta que me decidí a acercarme a ella y preguntarle si le importaba que le hiciera unas fotos. Ella, con la firmeza y dulzura que la caracteriza, me dijo: “Sí, sí, pero no hoy, mañana. Y me gustaría que pensaras algo bonito para hacer”. Así que me pasé el resto del día pensando qué cosas bonitas podía pensar para hacer en una situación como esa.

A la mañana siguiente, me levanté y fui a una floristería. Compré unas lilas. Quería que fueran una especie de buen augurio para ella y que esas flores pudieran crecer y florecer de sus largos y huesudos brazos.  Este fue el principio de una amistad que dura ya 10 años. Mientras tanto, no paré de hacerme retratos a mí misma. Era como si mirar fuera de mí me obligara, de una forma violenta, a volver a mirar en mi interior. Había tantas cosas que pensaba que sabía de mí misma, cosas a las que mirar y enfrentarme de nuevo para cambiarlas, y eso fue gracias a este trabajo.

Después de tres o cuatro años trabajando el tema de los desórdenes alimentarios, sentí que lo que me había empujado a hacer este trabajo se estaba agotando y entré en una fase de gran confusión. Para entonces, la fotografía se había convertido ya en mi profesión. Entonces me preguntaron si quería ir a la franja de Gaza.  Y llevada por el entusiasmo y la confusión, acepté. Con muy pocos días de margen, me encontré en una zona de guerra. Estaba, de nuevo, aterrorizada, no sabía qué esperar de aquello. Puede que no estuviera preparada para ir allí. Pero no podía dejar de pensar que era la primera mujer de mi familia que no había vivido la guerra. Mis abuelas vivieron las dos guerras mundiales, mi madre nació al final de la Segunda Guerra Mundial y yo solo había oído hablar de ella. Pero era como si esta historia estuviera en el ADN de mi familia y en el mío propio.

GAZA DIARIES

Decidí no trabajar en primera línea de guerra y quedarme en casa con las mujeres y ver cuál era la normalidad a la que podían aspirar, si es que eso era posible en un conflicto tan brutal y tan largo como el conflicto palestino-israelí. Pensé: “Si estoy buscando familiaridad, por afinidad a mi vida y a mi experiencia, podré encontrarla en cualquier sitio, solo tengo que buscarla”. Y eso me pasó con Obi Wafa. Wafa lo había perdido todo durante una operación militar israelí en 2009. Había perdido su casa, a su hijo Ibrahim de 9 años, y un año después, cuando yo la conocí, vivía aún con su marido y sus otros cinco hijos en una tienda colocada en el mismo sitio donde un día estuvo su casa.

Al principio pensé que Wafa no podía ser más diferente a mí en lo que respecta a contexto cultural, decisiones vitales, religión… Hablábamos idiomas diferentes, ella tenía hijos… Pero, sin embargo, Wafa y yo conectamos muy bien. La visité varias veces a lo largo de los años, la admiraba. Siempre fue una persona muy fuerte.

Una cosa que aprendí de aquellos viajes fue abandonar ciertos estereotipos que tenía sobre los otros, y también sobre mí misma. Como regla, desde mi experiencia, allí donde esperaba encontrar diferencias insuperables acababa encontrando grandes afinidades.

UNCUT

En 2015, me pasó lo mismo en Kenia. Allí conocí a Natasha, una chica de 13 años. ¿Qué podía tener yo en común con aquella niña? La conocí en una escuela en Ilbissil, a tres horas en coche de Nairobi. Se había refugiado allí escapando de su familia, que quería practicarle la mutilación genital y después, como es habitual en esos países, casarla con un hombre mucho mayor que ella. Cuando escapó, acabó viviendo en las calles de Nairobi. Después la recogió una familia y le ofrecieron trabajar para ellos, pero acabó siendo más una esclava que una trabajadora doméstica. Sufrió maltrato, abusos, etc. Hasta que la salvaron y la llevaron a una escuela que tenía una sección específica para niñas que habían escapado de sus casas.

Natasha estaba muy interesada en mí. Había aprendido algo de inglés en la calle y se puso la tarea de que fuera mi guía en la escuela. Me seguía a todas partes, me lo enseñaba todo y, al mismo tiempo, quería saberlo todo sobre mí, cómo era ser fotógrafa, y viajar, y todo.

Cuando volví a Italia decidí hacerme cargo de sus gastos escolares. Así que podría decirse que me traje el trabajo a casa. Pero hacerlo me hace sentir afortunada y lo considero un privilegio enorme.

Cuando tenía 18 años, quería ser cantante e hice un curso con Sainkho Namtchylak, que es una cantante siberiana, de la república de Tuva. Al segundo o tercer día del curso me acerqué a ella y le pregunté: “¿Crees que tengo lo que hay que tener para ser cantante?” Yo tenía 20 años y ella me miró y me dijo algo así como: “¡Ay, vosotros, los occidentales! ¡Siempre pensando en el resultado y no en el proceso!”. Yo me sentí fatal. Incluso hoy, recuerdo aquel día perfectamente.

No sé si entendí exactamente lo que ella quiso decirme, pero jamás lo olvidaré. Quizá empecé a entenderlo gracias a mi trabajo, poco a poco. Mi trabajo me obliga a mirar a otra gente, y también a mirarme a mí misma. No me permite dejarme llevar en los estereotipos que aún hoy tengo, de forma caprichosa, sobre los otros y sobre mí. Y quizá, todas estas mujeres que he conocido, Wafa, Natasha, Simona y otras, son partes de esa persona en la que quería convertirme cuando era una adolescente. Puede que la historia de mi trabajo sea una pequeña parte de la historia de mi lenta recuperación.

Autorretrato de Simona Ghizzoni en 2020

ISOLA

Vivíamos nuestras vidas bajo el supuesto de que lo que era bueno para nosotros sería bueno para el mundo. Nos hemos equivocado. Necesitamos cambiar nuestras vidas para que sea posible vivir bajo el supuesto opuesto, lo que es bueno para el mundo será bueno para nosotros. Y eso requiere que hagamos el esfuerzo de conocer el mundo y aprender lo que es bueno para él .

El día que declararon el primer encierro en Italia fue mi cumpleaños.

Autorretrato de Simona Ghizzoni

Mi familia y yo salimos de Roma a toda prisa y nos mudamos a vivir a los Apeninos emilianos, en la casa que pertenecía a mis abuelos maternos.

Llegamos después de cinco horas de viaje sin escalas, el coche cargado con lo mínimo para mí, mi compañero Stefano, nuestro hijo Ernesto de dos años y la gata Lulu: comida suficiente para un par de semanas, algunos juguetes, una maleta de ropa y mantas.

La vida en la montaña no es cómoda, es muy diferente a la vida anterior, pero nos ha permitido tener a nuestro alrededor lo que en estos meses ha sido el bien más preciado: el espacio, la naturaleza, la libertad de movimiento. Empezamos a arreglar la casa y comenzamos de nuevo a cultivar una parte de la tierra de mis abuelos, trajimos algunas abejas, acostumbrándonos a vivir con poco.

Fueron meses difíciles, física y emocionalmente, aferrándonos como náufragos a esa isla que es nuestra familia.

De vuelta en Lazio, vivimos durante seis meses en una gran casa de campo con otras cuatro familias, pero la búsqueda de un lugar que sea nuestro aún no ha terminado. De hecho, el deseo de cambio no nació solo de la emergencia de este período. Desde el nacimiento de nuestro hijo, hemos empezado a preocuparnos cada vez más por la sostenibilidad de nuestro estilo de vida y a pensar en posibles caminos alternativos: vivir en comunidades más pequeñas, consumir menos, volver a poder producir algo nosotros mismos, acostumbrarnos a lo esencial. ¿Regresaremos a nuestras vidas anteriores? No lo sé, pero seguramente las decisiones que tomemos en este extraordinario momento podrían allanar el camino para imaginar un futuro diferente.

Isola’ es una historia autobiográfica que surge de la urgencia de “poner orden” en las emociones a menudo conflictivas del período que estoy viviendo. El autorretrato ha sido parte de mi práctica artística desde mis primeros trabajos, pero por primera vez aquí decido exponerme en una historia diaria, incluso en momentos en los que otros habrían bajado la cámara. Descubrí un tipo de belleza vital como nunca antes había conocido, una verdad que se me desvela al ponerme frente a la cámara completamente abierta, frágil, humana.

RAYUELA

Durante los últimos años, casi como una forma de terapia, he estado trabajando en un diario visual, ‘Rayuela’. Los autorretratos y los retratos van en un fluir ininterrumpido con la naturaleza y los animales, la vida y la muerte. Al nacer y criarme en el campo de un pequeño pueblo del norte de Italia, esos elementos formaban parte del patio de recreo de mi infancia, que trato de recrear diseñando un mundo imaginario.

Representa el proceso de crecimiento, el elemento femenino de la naturaleza, la aceptación de la descomposición orgánica.

AFTERMATH

Aftermath, “lo que queda”. El término en inglés se refiere a lo que queda después de cortar el trigo y, por metáfora, a lo que queda después de un evento importante.

Este trabajo tiene que ver también conRayuela’, que es el nombre argentino para el juego de campanas y se puede traducir como “el juego del mundo”. Es el título de un libro fundamental para mí de Julio Cortazar.

El juego del mundo para mí representa una metáfora del proceso de crecimiento, un vistazo a mis fantasías infantiles, que ahora se han convertido en visiones inquietantes.

Nosotros mismos somos fantasmas y monstruos infantiles de todo tipo.

Los autorretratos fluyen en una corriente ininterrumpida con la naturaleza y los animales, la vida y la muerte. Habiendo nacido y crecido en el campo de un pequeño pueblo del norte de Italia, recuerdo estos elementos como la fuente de todas las fantasías de mi infancia.

Dado que lo que define la naturaleza de la fotografía es el tiempo, las fotografías se han convertido en mi recuerdo.

Pero lo que hago también es un juego, aunque sea un juego muy serio: la fotografía es la más salvaje, la más libre, la más irresponsable de todas las cosas. Tiendo a crear desorientación, desconfío de la realidad, obsesionada con el vértigo que se crea cuando se intuye que algo socava el orden habitual de las cosas.

Un ligero desgarro en el tejido de nuestro mundo visible. Un mundo envejecido, hecho de grietas y fisuras, polvo.

Hay partes tan delgadas como láminas de vidrio, demasiado inquietantes para caminar. Y finalmente, una ambigüedad de objetos: vida y muerte, sueño y realidad, rostro y máscara se confunden.

Lo que se mueve parece rígido, lo que todavía parece poseído por una vida perturbadora.

Me interesan aquellas zonas donde el tiempo se apodera de la vida, lugares que parecen invitar a los pájaros a anidar.

En 2019, Simona Giordano, la protagonista del “Odd Days” de Guizzoni, ese primer trabajo que marcó su trayectoria y su vida profesional, publicó un libro titulado “Come un clown”, basado en su propia experiencia como víctima de un trastorno alimentario. El libro va ilustrado con las fotografías de Ghizzoni, que es también autora del epílogo. Palabras y fotografía se unen para hablar de miedos, de sentimientos, de dolor, de esperanza y de lucha.

Mientras trato de juntar las pocas palabras que quiero escribir, me encuentro en los Apeninos de Emilia, en la casa que perteneció a mis abuelos maternos, Aldo y Mercede. Es una casa roja, perdida en un bosque de robles. Allá donde mires solo hay bosques, tanto que uno podría olvidarse de vivir en un mundo donde hay otros seres humanos. Aquí siempre me he sentido bien, y en los momentos más dolorosos he vuelto a recuperar fuerzas.

Es a partir de aquí que empiezo a recopilar las imágenes que formarán parte del libro de Simona, en estos largos días de finales de julio, extrañamente cálidos y silenciosos. Seleccionando, eso sí, porque aunque tengo decenas de fotografías de Simona, tomadas durante los años de nuestra larga amistad, para este libro decidí recorrer mis archivos en busca de los signos de mi enfermedad.

Al igual que Simona, yo también he sufrido trastornos alimentarios.

Me curé hace dieciocho años, aunque nunca supe realmente cómo dar un comienzo y un final preciso a ese período de mi vida. Dieciocho años y, sin embargo, en una mirada más cercana, me parece que algo ha quedado grabado en mis imágenes, una especie de huella sutil pero indeleble.

Paul Auster, en ‘El país de las últimas cosas’, escribe:

“Estas son las últimas cosas”, escribió. Una a una desaparecen y nunca regresan. […] No espero que lo entiendas. Nunca has visto nada de esto, e incluso si lo intentaras, ni siquiera te lo imaginabas. Estas son las últimas cosas. Una casa está ahí un día y se va al siguiente. Un camino por el que caminabas ayer, hoy ya no existe. Incluso el tiempo está en constante cambio. Un día soleado seguido de un día lluvioso, un día nevado seguido de un día brumoso, calor y luego frío, viento y luego calma, un período de frío intenso y luego hoy, en medio del invierno, una tarde de luz fragante, calurosa, lo suficiente para hacerte sudar. […] Nada dura, ves, ni siquiera los pensamientos dentro de ti. Y no tienes que perder el tiempo buscándolos. Cuando algo desaparece, termina “.

Estas son las mejores palabras que he encontrado hasta ahora para describir la enfermedad.

Esta enfermedad, si la dejas, comienza a morderte cacho a cacho. Empieza a quitarte, una cosa tras otra, todo lo que te importa: las ganas de salir, de ver a las personas que amas, de salir a cenar, claro, pero también de viajar, de hacer el amor, o incluso simplemente. abrazar, encogerse de hombros con una risa, mezclarse con el mundo.

Hasta que no quede nada.

A veces, cuando lo pienso, era como caer en un remolino de agua; para salir de él, necesitabas el doble de fuerza que el que te arrastra hacia el interior, hasta el fondo.

Sostenido bajo el agua.

Repasar mis archivos de esta manera fue terapéutico en cierto sentido. Volví a sumergirme allí, donde siempre me aterrorizó regresar. A veces incluso tengo miedo de recordar.

Elegí algunas de las imágenes de Simona, en su mayoría retratos (siempre me ha gustado su rostro) y empecé a juntarlas con otras imágenes que tomé durante los años en que aún estaba enferma y de repente descubrí nuevos caminos, nuevas lecturas de mis imágenes y mi historia, nuevas coincidencias.

Y una vez más, desde que comencé a mezclarme con el mundo nuevamente, celebro la maravilla de la imperfección.

Para conocer mejor y seguir el trabajo de Simona Ghizzoni, podéis visitar su web y seguirla en Instagram:

IG: @simona.ghizzoni

Web: simonaghizzoni.com

*NOTAS:

  • Las palabras de Simona Ghizzoni están sacadas de los textos de su web, de un par de entrevistas en Internet y de una charla TED.
  • Las fotografías están sacadas de su página web.

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