La fotografía y la cámara fotográfica fueron una presencia constante en la vida de Frida Kahlo. Pintora famosa por la personalidad de su obra y trayectoria artística, así como por las circunstancias que marcaron su vida personal, Frida era hija de Guillermo Kahlo, fotógrafo profesional, que le tomó fotos desde niña y al que ayudó en el revelado de las imágenes. Así, nos encontramos con que la artista mexicana supo ya desde niña lo que era posar la cámara, enfrentarse a ella. Fue así como, precisamente, comenzó a entender y ser consciente del poder que tenía su propia imagen, algo que años después tendría especial relevancia en su trabajo pictórico.

Frida Kahlo, a los 6 años. Foto: Guillermo Kahlo.
Frida Kahlo, a los 6 años. Foto: Guillermo Kahlo.

Durante su infancia, además, fue testigo de cómo su padre se autorretrataba de forma habitual, algo que a buen seguro tuvo mucho que ver en su forma de entender la práctica artística como forma de autoexploración y como medio de expresión y reflexión sobre la vida y a muerte.

Autorretrato de Guillermo Kahlo, fotógrafo y padre de Frida Kahlo.
Guillermo Kahlo. Autorretrato.

Siendo ya adulta, Kahlo fue inmortalizada también por fotógrafos de prensa y paparazzi mientras viajaba por Estados Unidos con su marido, el muralista Diego Rivera. En aquella época, posó y fue retratada por algunos de los fotógrafos más famosos del siglo XX, entre los que estaban Edward Weston o Nickolas Muray, fotógrafo este último autor de algunas de las más famosas fotografías de Frida, como esta en la que aparece con la cantante Chavela Vargas.

Frida Kahlo con Chavela Vargas. Foto de Nickolas Muray.
Frida con Chavela Vargas. Foto: Nickolas Muray.

En 1937, Frida apareció en Vogue, en un reportaje titulado ‘Señoras of Mexico’, esta vez sí, fotografiada por una mujer, la estadounidense Toni Frisell. No fue la única. Otras fotógrafas también hicieron fotos a Frida, algunas incluso durante años, mostrándonos una mujer diferente, o no tanto, según se mire, a la que se autorretrataba en sus cuadros.

Así, fotógrafas como Lola Álvarez Bravo, Gisèle Freund, Lucienne Bloch o Imogen Cunningham encontraron en Kahlo a una modelo de enorme carisma y muy receptiva a la cámara y al propio proceso del retrato fotográfico. No es de extrañar que algunos de los retratos más íntimos de la artista en momentos cruciales de su vida, incluso poco antes de su muerte, fueran hechos por mujeres.

La Frida tranquila, algo fría y hierática de sus autorretratos pictóricos se complementa así con la que vemos en las fotografías, una mujer más cercana y humana, quizá más frágil, más natural, más viva, que a veces sonríe y que siempre interpela con la mirada, sin perder nunca ese punto desafiante y ese halo de misterio, de secreto oculto bajo mil capas, tan característico en ella. La cámara, como el pincel, amaban a Kahlo.

Frida era muy enigmática, misteriosa y hermosa, y creo que esto es lo que atrajo la imaginación no solo de muchos fotógrafos masculinos, sino también de fotógrafas, dice Circe Henestrosa, una de las comisarias de ‘Frida Kahlo: Making Her Self Up’, exposición sobre la artista mexicana que tuvo lugar en el Victoria and Albert Museum de Londres en 2018.

Frida Kahlo. Foto: Lucienne Bloch.

Imogen Cunningham (1883-1976)

Los retratos en blanco y negro y las imágenes abstractas de motivos orgánicos caracterizaron la obra de la fotógrafa estadounidense Imogen Cunningham, una de las pocas que ha conseguido hacerse un hueco en la historia de la fotografía.

Cunningham formó parte del grupo de fotógrafos de la costa oeste conocido como f / 64 y que defendía el enfoque nítido y las imágenes de alto contraste a mediados del siglo XX. En dicho grupo, Cunningham compartió protagonismo con grandes nombres como Ansel Adams y Edward Weston.

Frida Kahlo conoció a Cunningham en San Francisco a principios de la década de 1930, en la época que vivió allí con su marido, el muralista Diego Rivera.

Frida Kahlo (1931). Foto: Imogen Cunningham.

La fotógrafa nacida en Oregón es la autora de uno de los retratos más hermosos de Kahlo. Lo tomó en 1931, y en él la joven artista mira, sin sonreír, a la cámara con una mezcla de placidez y de confianza desafiante. Lleva un rebozo, un chal tradicional mexicano, aretes de cuentas y se apoya en un cesto de mimbres, elementos que Kahlo solía usar para asociar su figura con el México prehispánico y, en particular, con la cultura matriarcal Tehuana.

Otro de los detalles que llaman la atención está en las manos de la artista, la forma tan delicada y suave en la que se entrelazan. Junto con el rostro y la forma en la que la luz cae sobre la figura de la pintora, las manos y su sutil gesto son uno de los puntos fuertes de este hermoso retrato, quizá le mejor, aunque no el único, que le hizo Cunningham.

Frida Kahlo. Foto: Imogen Cunningham.

Lola Álvarez Bravo (1903-1993)

Fue una de las primeras fotógrafas en México y una figura muy influyente en la fotografía del siglo XX. Aunque su carrera se vio ensombrecida por la de su exmarido, el también fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, estamos ante una fotógrafa de primer nivel, capaz de trabajar la fotografía desde una faceta artística y también desde un punto fotoperiodístico y documental, lo que la llevó a ser testigo con su cámara de la vida, el arte y la cultura del México posrevolucionario.

Los retratos que le hizo a Frida Kahlo son prueba de la estrecha amistad que unía a ambas mujeres desde que se conocieran en 1922. La relación entre ambas duró hasta la muerte de la pintora en 1954.

Frida Kahlo. Foto: Lola Álvarez Bravo.

A lo largo de los años, Álvarez Bravo fotografió a Kahlo muchas veces. También dirigió su propia galería entre 1951 y 1958, y fue allí donde se hizo, precisamente, la única exposición individual de Frida Kahlo en México en vida de la artista, justo el año anterior a su muerte. Esta fue la exposición a la que Kahlo, con muchos problemas de salud, asistió postrada en su cama con dosel.

Algunas de las fotos más famosas que Lola Álvarez Bravo tomó a Frida están hechas en La Casa Azul, el hogar de Kahlo y Rivera en Coyoacán, cerca de Ciudad de México, y son imágenes profundamente personales. En varias de ellas, Kahlo mira su reflejo en un espejo arqueado construido en una pared en el patio. Una escalofriante fotografía de 1954 muestra a dos de los amados perros Xolotl de Kahlo custodiando la puerta de su dormitorio después de su muerte.

Frida Kahlo. Foto: Lola Álvarez Bravo.

Emmy Lou Packard (1914-1998)

La artista estadounidense Emmy Lou Packard fue pintora y grabadora, además de fotógrafa. Originaria de California, se mudó a la Ciudad de México en la década de 1930 y trabajó como asistente de estudio de Kahlo y Rivera durante varios años. Mientras vivía con ellos en La Casa Azul, fotografió a la pareja con regularidad, en muchos momentos informales y privados.

Frida y Diego Rivera. Foto: Emmy Lou Packard.

En algunas fotos de Packard, podemos ver a Kahlo descansando en los exteriores de La Casa Azul. Así, Kahlo aparece sumida en sus pensamientos mientras se sienta frente a la puerta del comedor. Otra muestra el tocador elaboradamente decorado de Kahlo, con la propia Packard enmarcada en el espejo. En otra foto, se ve a Packard con sus brazos alrededor de Kahlo mientras ambas sonríen a la cámara (Packard preparó la toma y Rivera apretó el obturador).

La pintora Frida Kahlo y la fotógrafa Emmy Lou Packard
Frida Kahlo y Emmy Lou Packard

Florence Arquin (1900-1974)

Florence Arquin fue fotógrafa, pintora, escritora y experta en estudios latinoamericanos, viajó a México a principios de la década de 1940 para realizar estudios de posgrado en la Universidad Nacional de México en la Ciudad de México y entabló amistad con Diego Rivera y Frida Kahlo. Después escribiría un libro sobre la carrera de Rivera, ‘Diego Rivera: The Shaping of an Artist, 1889-1921’. Durante su estancia en México, fotografió a Kahlo y Rivera en La Casa Azul.

Frida Kahlo. Foto: Florence Arquin.

En 1943, la Biblioteca Benjamin Franklin acogió una exposición de sus pinturas. En la introducción al catálogo, Diego Rivera elogió el “trabajo ardiente y la exuberancia del estilo” de Arquin: Florence Arquin ve con cada poro de su piel. Sus nervios absorben la vibración del color, las inflexiones de las formas, la calidad de la tierra, del aire y de la luz, para acabar sintetizándolo todo en su pintura.

En lo que respecta a las fotografías que le hizo a Frida, llaman la atención las tomadas poco antes de la muerte de la pintora. En una de ellas, se ve a Kahlo posando en su jardín con los brazos apoyados en el respaldo de una silla y la luz del sol iluminando su rostro. En otra, la artista mexicana muestra el corsé de yeso que usaba para mitigar sus dolores y en el que había pintado símbolos del Partido Comunista.

Frida Kahlo. Foto: Florence Arquin.

Lucienne Bloch (1909-1999)

“Te odio” fueron las primeras palabras que Kahlo le dijo a Lucienne Bloch cuando la vio sentada junto a Rivera en una fiesta organizada por el MOMA de Nueva York. Rivera era un mujeriego, pero cuando Kahlo se dio cuenta de que Bloch no quería nada con su marido, acabó entablando amistad con ella.

En poco tiempo, Bloch acabó siendo asistente de Rivera y gran amiga de Kahlo. Sus fotos de Frida riendo, guiñando un ojo y mordisqueando su collar son muestran la cercanía y la confianza entre ambas mujeres. Bloch fue, precisamente, la autora de la imagen icónica de Kahlo en el Hotel Barbizon Plaza Hotel en 1933.

Toni Frissell (1907-1988)

Después del regreso de Kahlo a México, la fotógrafa de moda Toni Frissell la retrató para un especial del Vogue americano titulado ‘Señoras of México’ publicado en 1937. Más tarde, algunas de las fotografías más conmovedoras de la artista fueron tomadas en su casa en la Ciudad de México, donde pasó cada vez más tiempo debido a los efectos incapacitantes de un accidente que le cambió la vida en su juventud. En este entorno, lleno de plantas exóticas, objetos precolombinos y siete perros Xolotl sin pelo, Kahlo recibió a multitud de figuras del arte, la escritura, la arquitectura y la fotografía.

Fotografía de Frida Kahlo que salió en la portada de Vogue

Frisell era una fotógrafa estadounidense, conocida por su trabajo en el mundo de la moda, por sus fotografías de la Segunda Guerra Mundial y por sus retratos de famosos, niños y mujeres de todos los ámbitos de la vida.

Su trabajo inicial como fotógrafa de moda para Vogue en 1931, se lo debía personalmente a Condé Montrose Nast. Más tarde trabajó para otra gran revista, Harper’s Bazaar. Sus fotos de moda destacaban por los exteriores en los que fotografiaba a las modelos y por subrayar siempre el lado activo y dinámico de cada mujer.

Frida Kahlo. Foto: Toni Frissell.

Gisèle Freund (1908-2000)

En 1950, la fotógrafa Gisele Freund se embarcó en un viaje de dos semanas a México, pero al final ese viaje se convirtió en una estancia de dos años. Allí conoció a la legendaria pareja Frida Kahlo y Diego Rivera, la invitaron a su casa y acabó sumergiéndose la vida privada de la legendaria pareja y en la diversidad cultural y artística del país, tomando cientos de fotografías.

Freund fotografió a muchos artistas e intelectuales a lo largo de su carrera, y fue famosa por su capacidad para conectar con aquellos a los que fotografiaba y retratarlos en actitud confiada y relajada.

Las fotografías de Freund muestran el lado más sereno de la pintora, lejos de la confusión interior que Kahlo a menudo representa en sus autorretratos más famosos. El trabajo de Freund es un complemento conmovedor de la propia obra de Kahlo y ofrece una nueva perspectiva de su desafiante legado creativo.

Estas poderosas fotografías, algunas de ellas tomadas poco antes de la muerte de Kahlo, proporcionan un testimonio conmovedor de la belleza y el talento de la mexicana.

Graciela Iturbide (1942–)

Graciela Iturbide es fotógrafa de la vida mexicana moderna. Nació en 1942, por lo que no era realmente una contemporánea de Kahlo, que murió en 1954 a la edad de 47 años. Pero en 2005, cuando se abrió la habitación privada de Frida en La Casa Azul por primera vez desde su muerte, fue Iturbide quien tuvo el gran honor de fotografiar los objetos personales habían permanecido allí encerrados y ocultos durante décadas. Tanto el dormitorio de Frida como el baño habían sido cerrados con llave tras el fallecimiento de la artista por orden de Diego Rivera sin tocar ni la ropa ni los efectos personales de Frida.

En las fotos que tomó Iturbide, pueden verse algunos de los objetos que nos transmiten el dolor físico que sufrió Frida en vida: un corsé, unas muletas, una prótesis de piernas… Kahlo nació con espina bífida, contrajo polio siendo niña y además sufrió un accidente que a punto estuvo de costarle la vida cuando el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía. Tenía 18 años. Las secuelas de aquel accidente le causaron dolores crónicos que la acompañaron hasta su muerte.

Estas dolencias físicas son uno de los temas principal del trabajo de Kahlo; otro de ellos será el sufrimiento emocional que le causó su relación con Diego Rivera. Esas dos circunstancias marcaron su vida y, en consecuencia, su obra.

Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno en el que un autobús me tumbó al suelo… el otro accidente es Diego.

Una de las fotos más famosas que Iturbide tomó es el autorretrato de sus propios pies en la bañera de Frida, un homenaje a uno de los cuadros de la pintora, el titulado “Lo que el agua me dio” (1938). Es imposible no ligarlas a las fotos de sus muletas o la de su prótesis de pierna entre apoyada en una pared, entre luces y sombras, y no acordarse de la famosa frase que la pintora escribió en su diario:

Pies, ¿para qué los necesito si tengo alas para volar?

Las fotografías que de Frida Kahlo tomaron estas ocho fotógrafas nos ayudan a penetrar más en el ser humano, en la figura que sostenía a la artista, a la leyenda. Porque lo notable de Frida Kahlo no es su personalísima apariencia o su estilo inimitable, sino esa especie de humanidad apasionada que emana de sus cuadros y de sus retratos fotográficos, mezclado todo ello con un toque de misterio que termina de redondear y acentuar su enigma como artista y, sobre todo, como ser humano. Hay una especie de hechizo que emana de su figura, de lo más profundo de su interior, que era percibido por todos los que la conocía. André Breton, por ejemplo, hablando de la mexicana, dejó una frase para la posteridad al definirla como “una bomba envuelta en un lazo”.

Durante toda su carrera, Frida Kahlo pintó cerca de 200 pinturas, de las cuales 55 eran autorretratos. Estas pinturas estaban relacionadas con experiencias de su vida tales como el dolor físico y emocional y su turbulenta relación con Diego Rivera, el amor de su vida. Ambas cosas, la enfermedad y su relación con Rivera, marcaron su vida y su obra. Pero también había una Frida no sufriente, más relajada, serena y hasta divertida; una mujer, más humana, más mundana, y fue esa faceta de su personalidad la que estas fotógrafas acertaron a captar con su cámara. Hay una camaradería entre las mujeres que la miran y retratan y la propia pintora, despojada del halo de artista, que es lo que hace que estas fotografías sean tan especiales.

Frida Kahlo y Emmy Lou Packard. Foto: Diego Rivera.

En ellas están la Frida Kahlo segura, independiente y fiel a sus principios, la mujer de vida intensa y a la vez desafortunada que dotaba a su obra de esa fuerza tan particular, de la energía y expresividad que atrapa a todo el que la mira. El magnetismo de su persona es el origen de la atracción que nos produce su obra. Frida fue una maestra no solo en plasmar el magia y la fuerza de su mirada en sus autorretratos pictóricos, sino también en trasmitir ese mismo magnetismo en su forma de enfrentarse y atravesar con la mirada la cámara de aquellas que la retrataron.

La pintura le permitió mirarse a sí misma, autoexplorarse y exorcizar, de alguna manera, su dolor, su sufrimiento, su mundo interior… Su existencia. Construir un alter ego, la Frida de los cuadros, y ocultarse tras él. La fotografía, en cambio, la enfrentó a la mirada del otro, la hizo desafiarla, retarla… y comprobar en qué medida su vulnerabilidad y su dolor eran captados por la cámara. El pincel perfiló a la artista, construyó su imagen, le dio ese poder. La cámara, y la mirada de estas ocho fotógrafas, retrató a la mujer oculta tras la artista.

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