Mi primera vocación fue la escritura, luego el cine, y al final, acabé con una cámara de fotos entre las manos. El azar ha influido en ello, pero, sobre todo, le estoy agradecida a Manuel Álvarez Bravo. Siempre digo que fue mi maestro, no sólo en la fotografía, sino en la vida. Me descubrió los libros importantes, me enseñó a reconocer el arte popular mexicano, siempre tan ninguneado, la música más inspiradora, que escuchábamos juntos… Murió a los 100 años, y hasta el último día, estuve visitándolo.

Quien habla es la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide. Aquel momento en el que se cruzó con Manuel Álvarez Bravo fue decisivo, de los de verdad, tanto vital como profesionalmente. El encuentro con Bravo le hizo cambiar el cinematógrafo por la cámara de fotos, y fue el punto de partida de una amistad y un vínculo que perduraría hasta el final.

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Graciela Iturbide y Manuel ÁLvarez Bravo. Foto: Pedro Meyer

Además de discípula también fui su ayudante, pero durante poco tiempo porque cuando una admira mucho a alguien no quiere tener influencias. Decidí dejar de ser su asistente, pero, a cambio, me fui a vivir muy cerca de su casa. Cuando me separé de mi esposo, yo vivía en otra parte de Coyoacán, y él me dijo: “Graciela, aquí al lado hay un terrenito para que te vengas a vivir”. Parecía un hombre del Renacimiento porque me orientaba en todos los aspectos de la vida.

Siempre me repetía: “Graciela no se apresure, hay tiempo, siempre hay tiempo”. De hecho, ése era su lema, incluso lo tenía en un cartelito puesto en su laboratorio. Lo curioso es que esa frase la relaciono con una salida que hicimos al campo juntos. Él eligió un lugar que le pareció interesante, colocó su trípode, puso la cámara… y se dispuso a esperar. Yo no trabajo así, pero su actitud era aleccionadora.

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Manuel Álvarez Bravo. Foto: Graciela Iturbide

Me decía que había que ver más pintura que fotografía para aprender. Lo único que no me enseñó fue a revelar carretes. Una vez le pregunté: “Maestro, ¿cómo se revelan los rollos?”. Y me contestó: “¿Sabe qué Graciela? Compre un rollito de Kodak, lea las instrucciones y sígalas. Le quedará perfecto”.

Quise dedicarme al cine, pero Álvarez Bravo me decía: “El cine es de juguete, las fotografías son algo serio”. En el fondo le hubiera encantado hacer cine, pero en México no le dejaron. Cuando yo vi que él se interesaba por mi imagen, ya fuera cinematográfica o fotográfica, me dio fuerza para emprender un camino que nunca me hubiera imaginado. Y eso a pesar de que mi padre era fotógrafo aficionado…

Manuel Álvarez Bravo y Graciela Iturbide. Foto: Josef Koudelka

Yo me considero fotógrafa. El director del Museo de Boston me dijo: “Usted como artista en México y Europa…” Y le dije: “Soy fotógrafa. Usted discúlpeme, soy fotógrafa”. Ahora, puede haber artistas en la fotografía, depende de quién esté detrás de la cámara. La fotografía siempre ha sido la pequeña de las artes, cuando nace, los fotógrafos la usan para ya no usar a sus modelos. Entonces la fotografía puede ser o no arte, depende del público. Yo me considero fotógrafa, me parece un poco ridículo decir: “Soy artista”. Es como medio pesado ¿no? Sí, fotógrafa. Si la gente puede ver una de mis fotos como arte, qué maravilla. Yo soy fotógrafa porque aprendí a hacer foto, tengo mi cámara y lo que puedo hacer con lo que veo en el mundo es fotografía. La fotografía, para mí, es un pretexto para conocer la vida.

Ojos para volar, autorretrato de Graciela Iturbide. 1991.

No me gusta que me digan surrealista, porque eso fue una cosa que se inventó André Breton cuando vino acá y dijo “México es un país surrealista”. Perdone, pero yo no creo que pueda venir un intelectual, por muy brillante que sea, a decir cómo somos. El surrealismo fue un movimiento maravilloso surgido en los años 30 del cual hemos tomado lo que había que tomar para aprender, pero no puedes afirmar que Frida Kahlo es surrealista. De hecho, ella misma pintó un cuadro donde recalcaba: “Yo no soy surrealista”. Evidentemente, yo tampoco lo soy porque nací en otra época. Siempre digo que el realismo mágico fue un invento de los editores franceses para vender más. ¿Qué tiene que ver García Márquez con Juan Rulfo o con Vargas Llosa? ¡Nada! era solamente una estrategia de propaganda.

Breton fue, precisamente, un gran admirador de Álvarez Bravo, de hecho, en 1938 encargó al mexicano la imagen de portada del catálogo de una exposición surrealista en París. Manuel Álvarez Bravo participó con su foto ‘La buena fama durmiendo’. El francés diría de él:

Nos ha mostrado todo lo poético de México. Donde Manuel Álvarez Bravo se ha detenido a fotografiar una luz, un cartel, un silencio, no es solo donde late el corazón de México, sino también donde el artista ha podido sentir, con una visión única, el valor totalmente objetivo de su emoción.

André Breton. Foto: Manuel Álvarez Bravo

Álvarez Bravo solía decir: “Mire, yo no persigo la poesía. La poesía está en la realidad”. Cuenta Graciela que al maestro no le gustaba poner título a sus fotos y así y todo incluso a través de ellos fue capaz de hacer e inspirar hermosos versos. Esa poesía visual que insufló y alimentó el amor por la fotografía y su práctica en Graciela Iturbide, acabó inspirando la otra poesía, la que no se escribe con luz, sino con tinta, y lo hizo en la persona de otra gran figura de la cultura mexicana; el poeta, ensayista y dramaturgo Octavio Paz. En 1976, Paz, que siendo un adolescente había vivido, según sus propias palabras, una de sus “primeras experiencias artísticas” al contemplar tres fotografías de Álvarez Bravo, dedica al fotógrafo un poema titulado “Cara al tiempo”. Más tarde, en 1982, publicará “Instante y Revelación”, un libro con 30 poemas propios y 62 fotografías de Manuel.

Manuel Álvarez Bravo y Oactavio Paz. Foto: Colette Urbajtel.

Pero es en ese primer homenaje de mediados de los setenta, ese poema-galería, como lo llaman muchos, en el que el poder evocador de la escritura de Octavio Paz queda magistralmente entrelazado con los títulos de algunas de las fotografías de su admirado Álvarez Bravo.

A veces, la imagen fotográfica se basta en sí misma; otras, se sirve de un título como de un puente que nos ayuda a pasar de una realidad a otra. Los títulos de Álvarez Bravo operan como un gatillo mental: la frase provoca el disparo y hace saltar la imagen, la implícita, hasta entonces invisible. En otros casos, la imagen de una foto alude a otra que, a su vez, nos lleva a una tercera y una cuarta.

Así, fotografía y poesía sellan su unión en los versos del que unos años después será Premio Nobel de Literatura.

A Manuel Álvarez Bravo.

Fotos, tiempo suspendido de un hilo verbal:

Montaña negra/nube blanca, Muchacha viendo pájaros.

Los títulos de Manuel no son cabos sueltos son flechas verbales, señales encendidas.

El ojo piensa, el pensamiento ve, la mirada toca, las palabras arden:

Dos pares de piernas, Escala de escalas, Un gorrión, ¡claro!, Casa de lava.

Instantánea y lenta mente: lente de revelaciones.

Del ojo a la imagen, al lenguaje (ida y vuelta). Manuel fotografía (nombra) esa hendedura imperceptible entre la imagen y su nombre, la sensación y la percepción: el tiempo. La flecha del ojo justo en el blanco del instante.

Cuatro blancos, Cuatro variaciones sobre un trapo blanco.

Lo idéntico y lo diferente, cuatro caras del mismo instante.

Las cuatro direcciones del espacio: el ojo es el centro.

El punto de vista es el punto de convergencia.

La cara de la realidad, la cara de todos los días, nunca es la misma cara.

Eclipse de sangre: La cara del obrero asesinado, planeta caído en el asfalto.

Bajo las sábanas de su risa esconden la cara Las Lavanderas,

Sobrentendidas, grandes nubes colgadas de las azoteas.

¡Quieto, un momento!

El retrato de lo eterno en un cuarto oscuro un racimo de chispas sobre un torrente negro

(el peine de plata electriza un pelo negro y lacio.)

El tiempo no cesa de fluir, el tiempo no cesa de inventar, no cesa el tiempo de borrar sus invenciones, no cesa el manar de las apariciones.

Las bocas del rio dicen nubes, las bocas humanas dicen ríos. La realidad tiene siempre otra cara, la cara de todos los días, la que nunca vemos, la otra cara del tiempo.

Manuel: préstame tu caballito de palo para ir al otro lado de este lado.  La realidad es más real en blanco y negro.

Octavio Paz. Foto: Manuel Álvarez Bravo.

“La realidad es más real en blanco y negro”, una máxima que Graciela Iturbide ha seguido, con convencimiento, a lo largo de su extensa carrera. “Tomo también fotos en color”, dice, “pero me siento más auténtica cuando lo hago en blanco y negro”.

También otra frase de Álvarez Bravo ha marcado el ideario de Iturbide: “Fotografíen lo que vean, no lo que piensen: la filosofía de un fotógrafo debe ser no tener ninguna”. Y es que, en Iturbide, sus símbolos, sus pequeños juegos visuales, no son una construcción, sino un descubrimiento, son leídos, a posteriori, cuando la imagen ya fue capturada. Se ve muy claramente en muchas de sus obras, y también en Asor’ el fotolibro más personal de Graciela Iturbide y que analizamos hace poco en un video del canal de Youtube.  

Niña mirando pájaros. Foto: Manuel Álvarez Bravo

Iturbide, Álvarez Bravo y, por qué no, Octavio Paz son el ejemplo de que la poesía, tanto la visual como la escrita, no se hace, se ve y siente en imágenes y palabras, en mensajes e historias que ya existen y que están ahí, dentro de nosotros, o fuera, en el mundo que nos rodea, pero que son miradas y sentidas desde dentro. Les damos cuerpo al mirarlas, leerlas y sentirlas, pero no las inventamos, parte del mundo, de su corazón latente.

A Álvarez Bravo lo extraño mucho. ¿Sabes por qué? Porque no fue un maestro de fotografía, fue un maestro de la vida. Me enseñó lo que es la poesía, el buen arte popular, la manera tan correcta, tan poética, tan fina como vivía… Entendí que hay gente tan fina como Álvarez Bravo que jamás se va a aprovechar de nadie. Yo vivo donde vivo por Álvarez Bravo; su familia es como mi familia. Sí, lo extraño. Las reflexiones que hacía, los libros, cómo me invitaba en la tarde a escuchar música clásica. Me dejó muchas cosas para el alma, muchos aprendizajes para la vida. Me enseñó a fotografiar, me enseñó a mirar, me enseñó música… pero lo que más me enseñó, con su ejemplo, con su poesía, es a aceptarme como soy y a tratar de ser una mujer libre y seguir mi propio camino.    

Fuentes:

Libros recomendados:

Manuel Álvarez Bravo, Fundación Mapfre

Manuel Álvarez Bravo a color

Instante y Revelación, de Octavio Paz y Manuel Álvarez Bravo

Graciela Iturbide, Fundación Mapfre

Asor, de Graciela Iturbide

Cuando habla la luz, de Graciela Iturbide

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