Algunos lo han definido como “el incansable saboteador de cánones”. Daido Moriyama es uno de los grandes nombres de la fotografía japonesa, un referente, un peso pesado. Y eso que Moriyama siempre ha ido a su aire, siguiendo su propio ritmo, en los límites del mercado. Moriyama es un alma errante, un perro callejero que rastrea los rincones de la ciudad y retrata lo que ve con un lenguaje visual radical y muy personal, inspirado por  Eikoh Hosoe, Shomei Tomatsu, Robert Frank, William Klein y Andy Warhol, entre otros.

Para él, la cámara es sólo un instrumento que al servicio del fotógrafo, algo que él debe dominar.  Su amigo y colega Nobuyoshi Araki dice que para Moriyama su cámara es su esclava. Usa una compacta sencilla, sin artificios. Las cámaras no hacen al fotógrafo, son herramientas carentes de misterio, basta con saber pulsar el disparador. Esa es la máxima de esta leyenda viva de la fotografía japonesa.

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Foto: Daido Moriyama

Sus fotos

Se puede decir que mis fotos, mi vida entera, son una combinación de luz, tiempo y acontecimientos: todo lo que pasa en las calles.

Sus comienzos

Hice algunos trabajos de diseño comercial cuando tenía poco más de 20 años y, por la naturaleza de mi trabajo, acabé estudiando fotografía para poder tomar buenas imágenes. Ese fue mi primer contacto con esa especie a la que llamamos fotógrafo, y con la fotografía propiamente dicha. De alguna forma, me pareció más moderna que lo que yo estaba haciendo. El diseño era un trabajo de mesa, y yo estaba cansado de ello. Así que me metí en ese mundo desconocido para mí, decidí que era el camino a seguir, y me la jugué.

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Foto: Daido Moriyama

Sus maestros

Eikoh Hosoe fue mi maestro desde el punto de vista técnico. Me enseñó cómo se fotografía. Sin embargo, su estilo se expresaba mediante visiones dramáticas con tintes surrealistas, mientras que la obra de Shomei Tomatsu es más parecida a la mía: una interminable exploración del mundo y un deseo inextinguible por relatar la ciudad.

Sus influencias

Jack Kerouac y su libro ‘On the road’.  Es el placer de viajar sin un destino específico en mente.

Además de a Tomatsu, sólo necesito a William Klein. Podría añadir a Pieter Bruegel y a Andy Warhol. No necesito a nadie más.

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Foto: Daido Moriyama

Su especial relación con William Klein

Klein y yo nos hemos encontrado varias veces. Lo busqué y encontré alguien que nos presentara cuando fui a París, creo que fue en 1981. Fue justo después de que él volviera a hacer fotos después de un largo período de descanso. Nos encontramos el día que el volvió a Paris tras estar haciendo fotos en Londres. Me enseñó sus carretes muy contento, mientras decía “¡he sacado un montón de fotos!”. Ahora le veo siempre que voy a París.

El instinto para disparar

Cuando tomo una foto, mi cuerpo entra en una especie de trance. Al abrirme paso entre las avenidas, cada una de mis células se convierte en un radar sensible que responde a la vida en las calles. Si tuviera que expresarlo en palabras diría “no tengo opción, debo capturar esto, no puedo dejarle este lugar a otros ojos, tengo que disparar, y no tengo alternativa”.

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Foto: Daido Moriyama

 Deseo y curiosidad

Reacciono a muchas cosas del mundo exterior; transeúntes, objetos, paisajes, arquitectura, señales… y todos ellos son objetos de deseo para mí. Cuando salgo con la cámara llevo conmigo estos deseos. Y la ciudad está repleta de sus propios deseos. Se trata de lo bien que casan esos deseos, o de lo que yo puedo encontrar y capturar. Por ejemplo, yo he sacado muchas fotos de Shinjuku (un barrio de Tokio), que es un universo de deseos. Puedo dar rienda suelta a mis deseos en este lugar. No hay nada más aburrido que tener una idea preconcebida de lo que vas a fotografiar y dónde vas a hacerlo. Mi mayor interés está en la curiosidad que siento por aquello que voy a encontrar.

Su parón fotográfico

Estuve dos años sin sacar fotos. Durante todo aquel tiempo casi nunca llevaba la cámara encima. Pero quintando esos dos años, siempre ha estado conmigo.

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Foto: Daido Moriyama

Sobre fotos borrosas y movidas

Percibimos un montón de imágenes a lo largo del día y no siempre las enfocamos todas. A veces se ven borrosas, salen de nuestro campo de visión o se asoman por algún rincón de los ojos. La vista del ser humano está activa todo el día y no se detiene, se mueve vertiginosamente. No intento buscar un pretexto que justifique mis fotos movidas o borrosas. Pienso que los elementos sencillos son lo principal para la fotografía.

Las sombras

No estoy muy seguro pero creo que las sombras ponen límites al mundo. Eso es posiblemente lo que son las sombras. Tienes que ponerle bordes a la luz para poder darle forma.

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Foto: Daido Moriyama

La magia de la espera

Mis fotografías son desordenadas y no tengo ni idea de qué imagen va a aparecer hasta que veo la película revelada.

Sobre el blanco y el negro

Se piensa que la fotografía monocromática tiene cualidades simbólicas, oníricas, abstractas. Pero yo pienso que una imagen en color se acerca más a la realidad. Recientemente, mucha gente me pregunta por qué hago fotos en color. Es como preguntarme por qué uso cámaras digitales. ¿Qué diferencia hay?

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Foto: Daido Moriyama

La figura del perro

Los perros, por naturaleza, merodean por todo el planeta, y la forma en que se mueven y ven las cosas tiene cierto impacto. La gente piensa en los perros cuando piensan en mi trabajo, pero personalmente no siento ninguna necesidad de fotografiarlos. Me identifico más con los gatos. Pero muchas veces me dicen que me gano la vida gracias a la foto que hice a aquel perro, aunque no me importa lo que piense la gente.

Un arte inacabado

La fotografía nunca alcanza un estado de finalización. Eso es lo que la hace interesante, sorprendente.

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Foto: Daido Moriyama

Fotografía y lenguaje

La fotografía apela a la memoria, la estética y los sentimientos del espectador, y todo ello influye en cómo se ve una foto. Aunque yo identificara una fotografía con una sola palabra, sería imposible hacer que todo el mundo sintiera lo mismo al verla. El lenguaje, por su parte, es mucho más directo a la hora de comunicar un significado y una intención. Esa diferencia es lo que hace que la fotografía sea tan interesante. Mirar fotografías nos lleva a descubrir una nueva forma de lenguaje.

Fotografía y sentimiento

No puedo explicar todas las fotos que he sacado. Si lo intentara, sería una farsa y resultaría aburrido y trivial, y no es esa la intención. Cada fotografía es sentida, pero  no hay sólo una razón para apretar el botón, sino muchas. Cuando hago fotos, son los sentimientos los que me impulsan.

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Foto: Daido Moriyama

Fotografía y concepto

No pienso en mi trabajo de una manera conceptual. Me limito a sacar fotos dependiendo de mi humor. Es así como soy, siempre pienso: esto también es fotografía, o esto también es el mundo. Sólo saco fotos en la calle, y cuando salgo, la ciudad borra cualquier idea que yo pudiera tener. Para mí la calle es siempre interesante porque en cuanto salgo acaba con cualquier imaginario que yo pudiera construir.

La calle, su mundo

Hago fotos casi todos los días, aunque sólo sea durante una hora. Siento que todo lo que puedo hacer es seguir adelante. Es como una obsesión infantil. El mundo exterior es infinitamente real, y yo quiero seguir fotografiándolo para hacer fotolibros. Pero no tengo un tema, un concepto o una localización concreta para trabajar.

© Daido Moriyama

Foto: Daido Moriyama

Los fotolibros

Los libros son algo esencial para los fotógrafos. No sales a trabajar con la idea de encontrar material para tu próximo libro. Callejeas para encontrarte con la realidad. Aún hay momentos en los que estoy sacando fotos y preguntándome por qué lo hago y qué es lo que significa para mí. Como consecuencia de esto, mis libros de fotografía se convierten en un gran rompecabezas. Pero contrariamente a lo que suelen ser los rompecabezas normales, los míos no llegan a completarse, las piezas no encajan entre sí a la perfección. Para mí eso es un libro de fotografía; no hay un final, la colocación de la última pieza es el avance hacia el próximo fotolibro. El proceso de preguntarme a mí mismo por qué hago lo que hago es el proceso de hacer libros. Esa es la realidad: cada libro carece de un correlato, se limita a capturar el infinito mundo exterior.

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