Quiero que la vulnerabilidad y el poder de consuelo sean reconocibles en mis fotos.

La impresión al carbón con diferentes pigmentos de color y tipos de papel artesanal japonés es, junto al uso de otras técnicas analógicas antiguas, uno de los secretos del misterio y la fascinación que emana de las fotografías de Paul Cupido.

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Sus imágenes son una oda a lo efímero, lo abstracto y lo onírico, y no es casualidad; la obra de este fotógrafo holandés se inspira en la fotografía japonesa y en sus viajes al país nipón. Su fotografía, desde el mismo momento de la concepción a la ejecución y posterior tratamiento, siguen los principios de los Haikus, poemas japoneses muy cortos, de solo tres versos sin rima, y que hablan de temas, o de momentos concretos, relacionados con la naturaleza o la vida cotidiana. Su brevedad acentúa su carga emocional y alegórica.

El poeta Octavio Paz los definió de una forma que conecta directamente con el armazón conceptual y sensorial que sostiene el imaginario visual de Cupido. Para el Premio Nobel mexicano, el haikú es “una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente”.

Foto: Paul Cupido

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Esa “realidad aparente” es la que tan magistralmente captura Paul Cupido en sus fotos. Lo tangible se vuelve intangible, lo físico parece evaporarse, una realidad que se desliza entre los límites de lo común y reconocible para transformarse en algo inmanente, atemporal.  

La gran maravilla del haiku es que nos enseña que nada es fijo. El escritor irlandés Gabriel Rosenstock lo expresó de una forma hermosísima cuando dijo aquello de “el dulce arte de desaparecer”.  Es justo lo contrario al ego. No se trata de mí, no de nosotros, sino de una emoción y una conexión universales más profundas.

A través del paisaje, el retrato y las naturalezas muertas, Cupido crea composiciones estilizadas en las que figuras sombrías flotan en escenarios abstractos y formas propias de la naturaleza emergen de la oscuridad. Son formas completas, identificables, pero aparentemente desligadas del mundo real.

Foto: Paul Cupido

Los acontecimientos de la vida dejan huellas en nuestros recuerdos, huellas que también se desvanecen y, a menudo, desaparecen. Mantener y (re)construir nuestra relación con la naturaleza puede ser un consuelo ante la inevitable fugacidad de la vida.

En mi trabajo es importante lo que yo llamo ‘capas de recuerdos’: las huellas de una infancia despreocupada, la entrada en la adolescencia, las amistades y los primeros amores, los errores, el crecimiento y, en última instancia, la muerte.

A través de sus fotos, Paul Cupido muestra la odisea personal y universal que condiciona nuestra fugaz existencia en relación con experiencias emocionales tan profundas como el amor, el paso (y el peso) del tiempo y la muerte. Sus fotos no son documentos, sino delicados trazos visuales que apuntan a la trascendencia de nuestro yo interior y a la confluencia de lo micro y lo macro.

La creatividad nace de las experiencias personales. Con el tiempo, los sentimientos se vuelven más abstractos y universales, y te das cuenta de que no se trata de mí ni de nosotros, sino de una emoción y conexión más universal y profunda. Busco esos pequeños momentos sublimes que se dan en mitad de la agitación de lo transitorio.

Foto: Paul Cupido

Cupido concibe la fotografía como una experiencia personal, imágenes que nos sumergen y envuelven en nuestro propio universo sensorial, pero todo inspirado y construido siempre desde el medio físico que nos rodea. Así, y fruto de un universo en el que el mundo exterior y el interior están profundamente interconectados al tiempo que resultan diametral y radicalmente diferentes, el trabajo de Cupido resulta oscuro y directo a la vez, creando una tensión convincente entre lo realista y lo conceptual.

En sus fotografías impera el negro, profundo y nítido, pero también hay lugar para tonos suaves y cálidos, y para rojos y azules brillantes. Son imágenes sencillas, delicadas, pero cargadas de simbolismo. Como Haikus, desprenden intensidad poética, son fragmentos poderosos de una realidad interior y profunda. Conmueven, a veces sutilmente, como una caricia, y a veces nos provocan cierta melancolía. Otras, por el contrario, parecen fugaces restos de un naufragio que nada tiene de físico, pero sí de vital y emocional.

Foto: Paul Cupido

De hecho, el concepto de lo efímero es siempre mi punto de partida. Tengo un trabajo titulado así, Éphémère. El proceso de génesis, metamorfosis e inevitable desaparición, así como las correspondencias simbólicas entre la tierra y el cuerpo son claves para mí. El deseo universal de amor es también un tema que se repite a lo largo de mi obra. Hay elementos recurrentes en ella, definitivamente soy un adicto a la luna, y me encantan las metáforas.

Taco Hidde Bakker lo explica a la perfección en la introducción de Éphémère: “Lo efímero también se expresa a través de los paisajes iluminados por la luna y el crepúsculo, esa zona de transición entre la luz dura del día y la profundidad de la noche”. También me gusta citar a mi mentor, el fotógrafo Klavdij Sluban: “El arte es cavar en la oscuridad”. Por supuesto, no significa literalmente, pero sí, realmente creo que la belleza a menudo surge de lo oscuro, y siempre estoy fascinado por una atmósfera misteriosa. Lo nocturno despierta nuestros sentidos primarios.

Foto: Paul Cupido

A principios de los 90 dejé la carrera de Economía, hice caso a lo que me decía el corazón y monté un estudio de sonido. Esto me permitió ganarme la vida con mis «habilidades» artísticas en composición y diseño de sonido. En algún momento, el ciclo continuo de plazos que rige el mundo de la publicidad comenzó a hacer mella en mi salud y, afortunadamente, logré «escapar» justo a tiempo. Curiosamente, he descubierto que existen muchos paralelismos entre el sonido y la fotografía. Hay muchas disciplinas artísticas que se refuerzan entre sí y puedes aprender mucho de esas superposiciones e intersecciones. En última instancia, creo que en la vida lo importante es expresarse, y las formas de hacerlo evolucionan constantemente.

Las fotografías de Cupido son como hojas caídas del árbol de la memoria. Formas livianas, pero que nada tienen de insignificantes. Están llenas de belleza oscura, de melancolía vital, de belleza efímera. De quietud y de silencio.

No captura ni encapsula los recuerdos de nadie, ni construye los sueños de nadie, pero al mismo tiempo parecen retales de vivencias propias de un universo lejano y fragmentado, roto en mil pedazos. Pequeñas piedras preciosas arrastradas a tierra por alguna misteriosa corriente: una mujer flota serenamente en un estanque de flores; una figura desnuda, bañada en luz roja, se eleva rodeada de estrellas. El mundo de ensueño de Cupido aprovecha la dulce tristeza de la fugacidad de la vida junto con reconfortante belleza de la naturaleza.

Foto: Paul Cupido

Vivo en una pequeña casa sostenible cerca del bosque. Es agradable despertarse muy temprano mientras el mundo apenas comienza a moverse, con los sonidos de los árboles y el canto suave de los pájaros. Empiezo mi día haciendo café. Tomarse el tiempo para preparar y servir el café es un ritual en sí mismo y te obliga a bajar el ritmo y conectarte con lo que estás haciendo. Luego voy en bicicleta a mi taller mientras escucho mis álbumes clásicos de los Pixies. Pero para mí el verdadero momento para la meditación está en mi práctica de la fotografía. Camino, entro en ambiente y a partir de ahí empiezo a jugar y aprender.

Creo que donde empieza la receta acaba la creatividad, por lo que personalmente no me interesa la fotografía entendida como una superproducción, con todos esos equipos de iluminación, maquillaje y estilismo. Eso no encaja dentro de la filosofía detrás de mi trabajo, que está más ligada al concepto de jugar. Me encanta explorar las coincidencias y aceptar los errores. Me gusta simplemente salir con una cámara pequeña y caminar y caminar y caminar, respirar, confiar, soltar y ver qué pasa.

Esa idea de caminar y perderse con una pequeña cámara es compartida por muchos grandes fotógrafos, pero especialmente por el Daido Moriyama, uno cuya estética, pese a ser japonés, está muy alejada de la de Cupido, mucho más cercano al estilo fotográfico de Masao Yamamato.  Aun así, la forma en la que Moriyama y Cupido entienden la fotografía no difiere tanto como podría parecer al contemplar sus respectivos trabajos. Y es que una cosa es el concepto y otra la práctica y sus resultados.

Foto: Paul Cupido

Daido Moriyama es una leyenda viviente y miembro destacado del movimiento Provoke. Su libro «Bye Bye Photography» cambió radicalmente la fotografía. ¡Oh, cuánta libertad hay en ese trabajo! Junto con el «Ravens» de Masahisa Fukase y el «The Map» de Kikuji Kawada muestra muy claramente la esencia de la fotografía japonesa, así como el espíritu de la época. Estos libros me han influido mucho.

Japón es un país de contrastes, literalmente, especialmente cuando se trata de fotografía con su estética en blanco y negro de alto contraste. El trabajo de Araki es también un ejemplo de este contraste. El kinbaku-bi (la atadura o bondage erótico) que explora es en realidad solo una parte muy pequeña de la cultura japonesa. Se ve como una forma de arte con rituales y conlleva una forma de dedicación. Araki es un genio visual con una producción inmensa. A pesar de esta libertad artística, me siento incómodo con esa mirada tan masculina y su perspectiva tan sexual. ¿Te imaginas que cuando crecí, el principal modelo masculino a seguir era el de James Bond con todas sus ‘chicas Bond’? En la fotografía y el arte en general, creo que debe haber una armonía respetuosa y un consenso entre el fotógrafo y el sujeto, independientemente de su género, porque entiendo que la imagen es fruto de la colaboración entre ambos.

Foto: Paul Cupido

La mirada de Cupido es más sensorial que física, no busca el impacto en al plano visual ni en el emocional. Su diálogo y penetración en el espectador es más sutil, más silenciosa, pero no por ello menos intensa ni duradera. Su sentido de lo efímero es lo que las hace, precisamente, eternas, en una dualidad contradictoria que atrapa al espectador y lo arrastra, suavemente, a su propio interior. Es lo que se traduce, precisamente, de su declaración artística:

Mi objetivo es relacionarme con el mundo con los sentidos muy abiertos. Mi trabajo trata sobre los momentos mágicos de la vida, así como sus inconvenientes. Quiero hacer fotos, olvidándome del proceso de la fotografía, hasta saturarme de un sentido existencial de la vida. Cada paso que doy comienza con la noción de ‘yo no consciente’: la fugacidad de todo, la dulce melancolía de las cosas, ser sensible a lo efímero.

Pese a apelar a sensaciones y sentimientos ocultos en cada uno de nosotros, la suya no es una fotografía que reniega del exterior. Eso sería ahogar su propio diálogo antes incluso de haber empezado. Sus imágenes nacen de la observación del entorno, de su receptividad ante él, un entorno que interioriza y transforma a través de la poesía de la cámara. Un diálogo con el exterior y con uno mismo que busca el consuelo no a través de la formulación constante de preguntas. No hay lugar para las respuestas. No se buscan, no se necesitan. Esa negación de la respuesta es su forma de buscar y abrirse al otro, de plasmar ese deseo universal de amor que nos une y que él mismo cita habitualmente, su manera de escenificar, simbólicamente, el famoso Haiku de Taneda Santoka:

Mi cuenco de mendigar

Acepta hojas caídas

El cuenco es el deseo latente en aquellos que miramos la obra de Paul Cupido. Las hojas caídas, las sutiles fotografías de este fotógrafo holandés. Pequeños Haikus visuales, “cápsulas cargadas de poesía”, volviendo a las palabras e Octavio Paz, que acarician el consuelo.

ENLACES DE INTERÉS:

Web: www.paulcupido.nl

IG: @paul.cupido

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