En la semana del Día Internacional contra la Violencia de Género, hay fotos que cobran una relevancia especial. Porque nos recuerdan de dónde venimos, cómo eran las cosas no hace tantos años, y lo mucho y poco que han cambiado al mismo tiempo. Las caras y los protagonistas van y vienen, pero el problema persiste.

Es más que posible que la foto que encabeza este post la hayamos visto en más de una ocasión. Habla por sí sola.  Es de esas que golpean la mirada y la conciencia de quien la mira. No es por la mujer que en ella aparece, una desconocida (o no tanto, para algunos) que posa en un salón normal y corriente. Son las marcas en su cara, la huella de la violencia. Los morados alrededor de los ojos, el rojo sanguinolento que cubre casi por completo uno de ellos, la hinchazón… Marcas, golpes y heridas perfectamente visibles a pesar de que, tal y como reza el título de la fotografía, cuando se hizo ya había pasado un mes desde la brutal agresión.  Treinta días, y los golpes siguen desfigurando ese rostro que nos mira.

“Nan one month after being battered” (Nan un mes después de ser agredida) es una de las imágenes que mejor ilustran en toda su crudeza la lacra de la violencia de género cuando aún era un asunto fuera de las agendas políticas y judiciales, cuando era ese “desarreglo doméstico” que sus protagonistas ocultaban de puertas hacia dentro. Un secreto a voces, un secreto a golpes.

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En aquella época, hacia 1984, los golpes era algo que se ocultaba, era impensable que una mujer se autorretratara con la cara marcada. La agresión era una vergüenza para la víctima, no para el agresor. No nos engañemos, hoy en días las cosas han cambiado, pero los sentimientos de culpa y vergüenza persisten en la inmensa mayoría de las víctimas.

Esta fotografía de Nan Goldin pertenece a su trabajo más famoso, “The Ballad of Sexual Dependency”, al que ya dediqué un post en junio de 2018. Lo curioso de esta foto es que, aunque todo el mundo se refiere a ella como un autorretrato (yo misma lo he hecho un par de párrafos más arriba) no lo es en el sentido más estricto de la palabra, ya que no la tomó la propia Golding sino una amiga suya (eso sí, a petición suya, y tras decidir el encuadre y el fondo).

Nan Goldin violencia de género autorretrato con lesiones
‘Nan one month after being battered’, de Nan Goldin

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Durante varios años, tuve una relación muy profunda e intensa con un hombre. Nos compenetrábamos muy bien a nivel emocional y la relación se volvió muy interdependiente.

Recuerdo que los celos eran una manera de alimentar la pasión. Su idea de cómo debía ser una pareja se basaba en el ideal romántico de las películas de James Dean y las canciones de Roy Orbison. Yo anhelaba la sensación de dependencia, de adoración, de satisfacción, de seguridad que me daba esa relación, pero a veces también sentía claustrofobia. En realidad, Brian y yo éramos adictos al amor que aquella relación nos proporcionaba. Al fin y al cabo, éramos una pareja.

Con el tiempo, las cosas entre nosotros comenzaron a torcerse, pero ninguno de los dos fue capaz de poner fin a la relación. El deseo resurgía y se reactivaba constantemente al mismo tiempo que la insatisfacción era más que evidente. Nuestra obsesión por el sexo era lo que nos mantenía unidos.

Nan y Brian. Foto: Nan Goldin.

Una noche me dio una paliza y me dejó casi ciega. Quemó varios de mis diarios. Más tarde supe que también los había leído. Enfrentase a mis contradicciones como mujer, a mi ambivalencia, había roto esa idea que él tenía de lo que era una relación de pareja. El conflicto entre su deseo de independencia y su adicción a la relación hizo que la situación le resultara insoportable.

A menudo temo que, irremediablemente, hombres y mujeres no seamos más que extraños entre nosotros, irremediablemente inadecuados el uno para el otro, casi como si fuéramos de planetas diferentes. Pero, a pesar de todo, existe entre nosotros una intensa necesidad de juntarse. Incluso cuando las relaciones son destructivas, las personas se empeñan en seguir juntas. Es una reacción bioquímica, algo que estimula esa parte de tu cerebro que solo se satisface con amor, heroína o chocolate; porque el amor puede ser también una adicción.

Nan y Brian. Foto: Nan Goldin.

Mi deseo de ser independiente siempre ha sido muy fuerte, pero, al mismo tiempo, también deseo esa intensidad que nace de la interdependencia. La tensión que esto crea no es más que una vertiente de un problema universal: la eterna lucha entre autonomía y dependencia.

He visto cómo el mito creado en torno a la idea del romance (los famosos amantes de Pompeya, la historia de los duques de Windsor) contradice la realidad del matrimonio y alimenta una definición de amor que crea expectativas peligrosas.

Este mito o ideal no permite la ambivalencia propia que se da en cualquier relación a largo plazo. La fricción entre la fantasía y la realidad de una relación puede conducir a la alienación o la violencia. Si a menudo parece que hombres y mujeres no nos compenetremos, tal vez sea porque tenemos diferentes realidades emocionales, porque hablamos un lenguaje emocional diferente.

Nan y Brian. Foto: Nan Goldin.

Durante muchos años, me resultó difícil comprender los sentimientos de los hombres; no creía que pudieran ser vulnerables y los empoderé de tal forma que no reconocía sus miedos y sentimientos. Los hombres cargan con su propio bagaje, un legado basado en el miedo a las mujeres y la necesidad de categorizarlas siempre como madres, putas o vírgenes. La construcción de los roles de género es uno de los principales problemas que las personas arrastramos a una relación.

En mi infancia, nos criaban con las limitaciones propias de la distinción de género: los niños crecen para ser luchadores, las niñas pequeñas para ser bonitas y agradables. Pero a medida que envejecemos, va creciendo en nosotros una conciencia personal que ve el género como una decisión, como algo que puede moldearse. Así, puedes optar por jugar con él de forma tradicional (disfrazándote, haciendo de marimacho…) o jugar con lo que define nuestros roles, mostrándote tierna o dura para contradecir los estereotipos.

‘Self portrait with Brian in hats’. Foto: Nan Goldin.

Cuando tenía quince años, el mundo perfecto era para mí un lugar totalmente andrógino donde no se conocía el sexo de una persona hasta que te acostabas con ella. Desde entonces me he dado cuenta de que el género es algo mucho más profundo que una pose o una actitud. En lugar de aceptar la distinción de género, creo que lo importante es redefinirla. Además de jugar con los clichés, está la decisión de vivir las alternativas, incluso de cambiar de sexo, que para mí es el acto más grande de autonomía. Las mujeres que se muestran juntas en ‘The Ballad of Sexual Dependency’ muestran un sentimiento de solidaridad, una fuerza casi amazónica, unida a una profunda ternura, abiertamente cálida, sin timidez ni dobleces. El macho solitario se muestra su ternura y sexualidad vulnerable, pero cuando los hombres están juntos, se convierten tipos duros. Hay una atmósfera competitiva y erótica al mismo tiempo que se exterioriza con peleas, bebida, y con la necesidad de demostrar la cantidad de dolor que son capaces de soportar.

Lo que sabes emocionalmente y lo que anhelas sexualmente puede ser tremendamente contradictorio. A menudo siento que estoy más preparada para estar con una mujer; con mis viejas amigas me unen lazos tan intensos como los de un matrimonio, a muchas de ellas las siento como hermanas. Pero una parte de mí se ve atraída por el reto de lidiar con la opacidad de la estructura emocional de los hombres y por el conflicto inherente en las relaciones entre hombres y mujeres, que me resulta estimulante.

‘Brian on the phone’. Foto: Nan Goldin.

El sexo en sí mismo es solo un aspecto de la dependencia sexual. El placer se convierte en motivación, pero la verdadera satisfacción es romántica. La cama se convierte en un foro en el que las luchas propias de una relación se desactivan o se intensifican. En el sexo no se trata de rendir más y mejor; se trata de disfrutar de cierto tipo de comunicación basada en la confianza, la sinceridad y la vulnerabilidad que no se puede expresar de otra forma. Los lazos sexuales, cuando son intensos, se consumen y se perpetúan a sí mismos. Te vuelves dependiente y adicto a la gratificación. El sexo se convierte en un microcosmos de la relación, en el campo de batalla, en un exorcismo.

Para mí la esencia de ‘The Ballad of Sexual Dependency’ es esa la lucha entre la intimidad y la autonomía que se da en las relaciones humanas. Es de eso de lo que trata. Habla de la dependencia que uno puede desarrollar hacia una persona que es totalmente inapropiada a todos los niveles, pero con la que el sexo es bueno, y la conexión sexual es tan fuerte…

Brian. Foto: Nan Goldin.

No volví a ver a Brian después de aquella noche hasta que un día, tras dos años de enfado y duelo, me lo encontré cara a cara en la calle. Nos dijimos hola. Lo miré a los ojos. Más tarde recordé de nuevo cómo deseaba a aquel hombre y comprendí lo intenso que era ese vínculo.

A pesar de todo el daño y la destrucción, todavía anhelaba aquel amor, pero tuve que aceptar que aquella pérdida era irremediable.

Brian in a hotel room. Foto: Nan Goldin.

La destructiva relación con Brian hizo que Nan Goldin se inspirara en una ópera para dar título a su trabajo. Concretamente, se fijó en una pieza de “La ópera de los tres centavos”, una obra de Kurt Weill y libreto de Bertol Bretch. En uno de los pasajes, el noveno, se hace referencia a un hombre al que esclaviza sexualmente a las mujeres y del que se dice que es como el mismísimo diablo.

En cuanto al título de la fotografía, mucha gente a preguntado a Goldin por qué no incluyó en ella el nombre de Brian, su agresor. Ella reconoce que fue un acto consciente y deliberado.

Quería que tratase de todos los hombres y de todas las relaciones, y de la violencia potencial que se esconde en toda relación.

Brian. Foto: Nan Goldin.

Pese a la repercusión y el reconocimiento de proyecto en el que esta foto estaba incluida, la imagen no sirvió para poner definitivamente sobre la mesa el problema de la violencia de género. Ayudó a visibilizarlo, pero poco más. Su efecto quedó diluido por el contexto en el que quedó enmarcado el propio trabajo: el de un grupo de jóvenes marginales y promiscuos que pasaban el tiempo de fiesta, bebiendo y drogándose. Es decir, se sobreentendía que la violencia era algo inherente a ese “tipo” de gente.

No queríamos ser como el resto de personas. Formábamos una tribu. Todos dicen que fotografié a personas marginadas, vale, pero marginadas… ¿de quién? (…) Estoy orgullosa de haber sido rara toda mi vida, nunca quise ser normal.

Éramos muchos viviendo un tipo de vida muy parecido. Había gente que tenía ciertas creencias políticas sobre nuestro modo de vida, era una vida que transgredía o iba contra la forma de vida de la sociedad normal, pero no éramos parias ni marginados. Solo la gente más convencional puede pensar aún algo así.

Foto: Nan Goldin.

Fue otra fotógrafa, Donna Ferrato, quien en esas mismas fechas, primera mitad de los años 80, retrató con su cámara la violencia de género en el hogar supuestamente perfecto de una pareja de clase alta. Pero nadie quiso publicar aquella foto. Mostraba una verdad incómoda; que la violencia de género no algo exclusivo de grupos “marginales” como Goldin y sus amigos. Sin embargo, la tenacidad de Ferrato acabó provocando que en 1994 el congreso estadounidense aprobara la Ley de Violencia contra la Mujer, gracias a la cual aumentaron las penas contra los agresores y se capacitó a la policía para tratar este tipo de violencia como un delito grave (podéis leer el post dedicado a Ferrato y su trabajo aquí).

Foto: Donna Ferrato.

Es curiosa la impresión tan diferente que causan las fotografías de Goldin y Ferrato pese a denunciar y tratar el mismo tema. En las de Ferrato la violencia es explícita, es la agresión la que se apodera de la imagen. Hay un agresor, una víctima, violencia, miedo, tensión… sin embargo, no hay lesiones. Podemos imaginarlas, pero no las vemos.

En la imagen de Goldin, por el contrario, son las lesiones las que sostienen la foto; no hay agresor, no hay acción violenta, no hay agresor ni, curiosamente, víctima. Porque Goldin, con su mirada, su quietud y su forma directa de interpelarnos, no se nos presenta como víctima, sino como superviviente. Y esa, no podemos negarlo, es una enorme diferencia.

NOTA:

  • Las palabras de Nan Goldin han sido traducidas y adaptadas por mí
  • La violencia de género no es solo física, también existe y está castigado el maltrato verbal así como el abuso sexual. El 016 es el teléfono de atención y asesoría jurídica a las víctimas de esta violencia, un teléfono seguro que no deja rastro en nuestros móviles ni en la factura telefónica,

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