…aunque no me conviden
los pájaros a la enramada,
al cielo
o al océano,
a su conversación, a su banquete,
yo me invito a mí mismo
y los acecho
sin prejuicio ninguno.

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Camisetas-de-fotografia

Son versos de Pablo Neruda, un extracto del poema que cierra su libro “Arte de Pájaros”. En él, el poeta da rienda suelta a su fascinación por las aves. Una sensibilidad, la del chileno, muy similar a la de grandes fotógrafos como Graciela Iturbide, Bernard Plossu o Masahisa Fukase, a quienes los pájaros han servido de fuente de inspiración y vehículo de expresión de sentimientos y sensaciones muy diferentes. Algunos, como Fukase con su celebrado ‘Ravens’, han encontrado en los pájaros una especie de vehículo (y alivio) en su catarsis vital.

En el caso de Stephen Gill, la motivación es diferente. Siendo un niño, ya destacaba por su curiosidad y capacidad de observación. Le apasionaban los insectos y la fauna microscópica de los estanques, a los que observaba durante horas bajo un microscopio. Esta afición por buscar, “cazar” y observar le llevó directamente a la fotografía, y eso cambió su vida. Cogió su primera cámara a los 11 años y dominó la técnica con rapidez, desde entonces, según sus propias palabras, uno de los motores que ha impulsado su trabajo ha sido su afán ir más allá de los límites de la técnica fotográfica más convencional.

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Con ‘The Pillar’ (El pilar), Stephen Gill da otro paso más en esa dirección hacia una práctica fotográfica y un documentalismo diferente y marcadamente personal. Ya en 2006, Gill publicó ‘Buried’ (Enterrado), un trabajo basado en fotografías que enterró durante días para que la naturaleza y los elementos contribuyeran a la imagen de manera totalmente azarosa. En ‘Best Before End’ (Mejor antes del final), de 2014, impregnó los negativos en color con diferentes bebidas energéticas, y en ‘Outside in’ (De fuera hacia dentro) introdujo insectos y pequeños deshechos en su cámara para que apareciesen aleatoriamente en las fotos que tomaba.

Estos y otros proyectos, que podéis ver en su web, hacen de Gill un fotógrafo diferente, especialmente interesando en el lado más experimental y azaroso (y, por qué no, lúdico) de la fotografía. De ahí, que ‘The Pillar’ casi parezca su proyecto menos extravagante.

Este fotolibro, reconocido como el mejor de 2019 en los Encuentros de Arlés, bien podría ser un homenaje a la mítica película ‘Los Pájaros’, de Alfred Hitchcock, pero no lo es. O, al menos, no ha sido esa la intención de Gill. El sucesivo muestrario de aves, primeros planos en su mayoría, captadas al vuelo o mientras descansa (o despedazan una presa) en un pilar colocado por el propio Gill, nos dan la sensación de estar dentro de una bandada de aves. Una cámara instalada en un segundo pilar, con un sensor de movimiento, es la que toma las imágenes sin la presencia del propio fotógrafo. Gill elabora la idea, pone los medios, prepara la “trampa”, pero se desentiende del disparo. Esta forma de operar puede interpretarse como un ejercicio conceptual, aunque de lo que se trata, principalmente, es de responder a la sencilla pregunta: “¿qué cosas suceden en un lugar concreto mientras nosotros no estamos?”

El paisaje que rodea mi casa en Suecia puede ser engañoso. La actividad de las aves que allí viven queda diluida y disfrazada por la vasta tierra llana del lugar y un cielo abierto que da la impresión de que apenas hay movimiento.

En enero de 2015, sospechando que la actividad de las aves era más intensa de lo que mis ojos vieron al principio, decidí intentar “sacar” a esas aves del cielo. Construí un escenario de 8 cms de diámetro en forma de pilar de madera que tenía cerca de un metro y medio de altura, y frente a él otro igual en el que monté una cámara que se disparaba con el movimiento.

Revisé la cámara unos días después y, para mi sorpresa, había funcionado. De alguna manera, el pilar logró atraer a los pájaros del cielo ofreciéndoles un lugar para descansar, alimentarse, y observar. Aquello me cautivó de inmediato. Muchas de las imágenes eran caóticas, con los pájaros en posturas extrañas, como contorsionistas, pero las formas y los finos contornos dibujado por sus cuerpos eran absolutamente deslumbrantes.

Desde la ventana de mi cocina, podía ver el pilar a lo lejos; en la distancia, parecía una cerilla. Mi ausencia física, a su vez, permitió que, mentalmente, estuviera mucho más presente, mientras el proyecto avanzaba. Yo estaba allí con frecuencia, aunque solo en mi mente, preguntándome constantemente que estaría sucediendo en aquel mismo momento, mientras viajaba en un tren de cercanías o seguía con mi rutina diaria. Incluso cuando viajaba fuera del país, intentaba imaginar qué estaría sucediendo en aquel escenario.

Gill se mudó a Suecia en 2014 con su mujer, sueca, y sus dos hijos, tras 20 años viviendo y trabajando en la frenética ciudad de Londres. Necesitaba levantar el pie del acelerador. Por eso se instalaron en Skane, en el sur del país, un lugar de grandes llanuras. Allí habitan 192 especies de aves de las 250 autóctonas que hay en Suecia. Las captadas por Gill en ‘The Pillar’ son 24, según la lista que el propio autor ha incluído al final del libro.

Una de las características de la obra de este fotógrafo británico es su alejamiento y puesta en cuestión de la idea de control que, en mayor o menor medida, todo fotógrafo ejerce sobre aquello que fotografía: desde el momento en el que elegimos cómo y a qué disparar, ya estamos controlando aquello que conformará la escena y delimitará el encuadre. En ‘The Pillar’, como en otros trabajos anteriores, Gill renuncia incluso a decidir cuándo y a qué disparar, y lo deja todo en manos de un sensor de movimiento. De ahí que haya quien haya cuestionado su figura de “autor” en este trabajo, demasiado difusa y alejada, según ellos, de la premisa del autor que decide y ejecuta.

De alguna manera, fueron los pájaros, ellos mismos, quienes hicieron el trabajo. Yo solo organicé el contexto en el que iban a crearse las imágenes.

¿Pero es ese “solo organicé el contexto en el que iban a crearse las imágenes” suficiente para hablar de autoría?

Lo cierto es que Gill hizo bastante más que elegir y organizar el escenario. Antes de llegar a la toma de las fotos propiamente dicha, algo que nadie discute que hizo la cámara impulsada por la reacción del sensor de movimiento, el británico tuvo la idea y planificó su ejecución. Después, ya con las fotografías reveladas e impresas, editó el trabajo, eligió el papel en que se publicaría el libro, supervisó la impresión del mismo desde el comienzo hasta el final y lo distribuyó a través de su propia editorial, Nobody Books, creada por él para asegurarse de que todos sus fotolibros se corresponden exactamente con lo que él quiere expresar con sus fotografías y con la idea original que los impulsó. Gill, por tanto, rehúye deliberadamente el momento del disparo y, por tanto, de su control, pero, al mismo tiempo, supervisa exhaustivamente la edición, el diseño y la distribución de su obra. Es ahí donde reside su inequívoca autoría. ‘The Pillar’ es, en este sentido, una obra original y marcadamente personal, desde su concepción hasta su culminación.

Una de las particularidades de este fotolibro es la presencia de unas pocas fotografías en color en una narración en la que predominan las imágenes en blanco y negro. Algo que no es infrecuente ver en otros fotolibros pero que conviene estructurar y coser bien para que el salto estético no acabe saboteando la secuencia. Y en el caso de Gill, que nunca antes había combinado blanco y negro y color, este está bien ensartado. Tampoco abusa de ello, de ese salto entre color y blanco y negro, por lo que la coherencia no viene de la repetición del recurso sino del acierto y la mesura en su utilización. No despista, sino que reconduce y recupera la atención ante una sucesión de fotografías que, no lo olvidemos, están hechas en un mismo plano fijo.

Y es que una de las claves de este trabajo es esa reiteración. No solo el marco se mantiene inalterable se principio a fin, tampoco hay cambios en el tamaño y la ubicación de las imágenes en la página. Es eso, precisamente, lo que hace que cada pequeña variación no entorpezca sino que enriquezca el relato. Es más, el ojo del lector, lo acoge con agrado. En ‘The Pillar’, pese a la rigidez del encuadre y la sencillez de la idea original, no hay dos imágenes idénticas y son esas diferencias que se dan en el tamaño del pájaro, su pose o su no presencia (en una de las imágenes, por ejemplo, no hay ni rastro de aves, pero sí un pequeño zorro), lo que hace que el visionado del libro no resulte aburrido ni monótono, sino una concatenación de momentos bien secuenciados (y bien medidos).

Más rompedora resulta, en cuanto al ritmo de lectura, la inclusión de un tríptico desplegable que, en efecto, descoloca al observador, pero que, curiosamente, funciona como una buena metáfora de la importancia que lo azaroso y lo inesperado tienen en la propia toma de las fotografías.

Aunque el planteamiento es aparentemente sencillo, el período de toma de fotografías se alargó durante cuatro años, en los que Gill acumuló miles de fotos de las que 127 (todas verticales) han pasado a formar parte del libro. En ellas, curiosamente, hay de todo. Desde un pequeño gorrión a una imponente águila dorada, fotografías en las que el cuerpo del ave ocupa prácticamente todo el encuadre, hasta imágenes en las que apenas se ve una pata o un ala. También hay fotografías en las que solo se ve el paisaje o algún otro animal, como el zorro mencionado anteriormente. Estas imágenes se tomaron cuando las aves se posaban encima de la cámara, y no en el pilar que estaba justo frente a ella.

“The Pillar” es el libro más laureado de Gill, y eso no es poco, ya que este prolífico fotógrafo se ha autoeditado cerca de 20 trabajos. Pese a sus experimentos con la cámara, la técnica y la práctica fotográfica, el trabajo de este fotógrafo no ha perdido ni un ápice de coherencia ya que este libro plagado de aves es la consecuencia natural de su anterior trabajo, “Night Procession” (Procesión nocturna) en la que Gill, también con una cámara equipada con sensor de movimiento, capturó instantáneas de animales nocturnos. Su objetivo, al igual que con los pájaros, era poder mostrar a los animales tal y como son en su propio mundo, sin estar condicionados por la presencia humana. Gracias a Gill, nos convertimos en espías de un mundo secreto.

En varias de las fotografías de ese trabajo nocturno, hay varias fotografías de aves, por lo que no es descabellado suponer que fue aquí donde comenzó a gestarse la idea para ‘The Pillar’.

Este libro debe parte de su contundencia y de su atractivo a la propia figura de los pájaros y a la fascinación que ejercen sobre muchos de nosotros. Son seres que vuelan, que surcan los cielos y nos miran desde arriba, parecen estar vigilándolos y viendo todo aquello que pensamos que nadie más ve. Tienen una posición y una visión que les es natural y de la que nosotros carecemos.

Pero no es solo eso. En su catálogo de aves, Gill ha conseguido captar la personalidad de todas ellas. La mirada desafiante, los ojos extrañamente vueltos, la contorsión de sus cuellos, el poderoso manto de sus alas, la soledad y vulnerabilidad de los ejemplares más pequeños, la belleza del plumaje, la crudeza y magnificencia de las rapaces, su agresividad, su quietud… Y todo ello, sin estar él físicamente presente.

Algunas de ellas parecen mirar directamente a cámara y su penetrante mirada traspasa la barrera del espacio y del tiempo. Nos miran, a nosotros, como los extraños que invadimos, una vez más, su fascinante mundo. Exactamente igual que el famoso cuervo del poema de Edgar Allan Poe, que se cuela en la habitación de un hombre que llora la pérdida de su amada, y permanece impasible e inamovible, repitiendo la misma frase, hasta sumir al hombre en la locura.

De un golpe abrí la puerta,

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas,

sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

(…)

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas.

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Hay quienes no ven con buenos ojos la idea que sostiene “The Pillar”, la de colocar una cámara con un sensor y esperar a que la tecnología accione el obturador y, por así decirlo, sirva en bandeja las imágenes al fotógrafo que, prácticamente, solo tiene que sentarse a esperar. Argumentan, no sin parte de razón, que esta forma de proceder desactiva por completo la intencionalidad implícita en el acto de disparar, de decidir y ejecutar las tomas, de dotar a la mirada de la cámara de una intencionalidad humana y, sobre todo, manifiesta.

Pero no hay que confundir simplicidad con simpleza. La intencionalidad no se percibe cuando comenzamos a pasar las primeras páginas, pero va tomando cuerpo a medida que avanza el visionado. Qué intención puede haber en una cámara supeditada al movimiento y en un inamovible plano fijo, nos preguntamos, hasta que, con el transcurrir de las fotografías nos damos cuenta de que la intención reside en el propio lugar, en la colocación de ambos pilares, en la forma en que cámara y sujetos interactúan…en todo ese contexto ideado, diseñado y ejecutado, ahora sí, por un ser humano.

La referencia al legendario “Ravens” de Masahisa Fukase resulta inevitable en toda obra protagonizada por pájaros. Pero “The Pillar” y el atormentado relato metafórico del japonés poco o nada tienen que ver. Mientras que Fukase definió su obra cumbre como “una venganza contra el drama de vivir”, el libro de Stephen Gill es todo lo contrario, un canto a la vida, la diversidad y a lo azaroso de toda existencia. Los pájaros nos miran y nos ven; Gill revierte ese proceso, ahora somos nosotros los observadores y las aves las observadas, pero el británico, a diferencia de otros, es el que mejor ha captado su mundo sin tratar de explicarlo y hacerlo comprensible en términos humanos. Gill les otorga entidad propia, los dignifica y los acepta tal y como son; en su mundo, con sus reglas, sus códigos… sin razones, sin preguntas, sin excusas, sin imposturas. Ese es el gran mérito de ‘The Pillar’, y por eso gusta y fascina a partes iguales.

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